Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Como a las 17:00 hrs en el espacio que hay entre la peatonal Francisco y Madero y la calle de Mata, se dan lugar las risas perdidas, las ilusiones ahogadas con el paso de los años y en fin, esas ganas de sentir que de nuevo el arribo de la felicidad pueril toca puerto, todo se hace posible en el instante en que nuestro personaje, imaginemos que se llama Jonás, un hombre como de cuarenta y pico de años, alto, de manos grandes, vestido con un traje negro y camisa blanca, rápidamente pone un soporte en el que coloca una maleta negra... -Mamá, ese señor, qué trae en su maleta-, -¡órales, a lo mejor se me aparece un billetito de a mil pesotes!- ¡ya va-a-sacar-sus cartas!- y así, las exclamaciones se revuelven con los colores que salen y salen en forma de pañuelos transparentosos que no cesan con el constante tirar de uno de sus extremos.
Luego las cartas, ¿quién se iba a imaginar que había naipes flotando en la calle y nadie se había atrevido a agarrarlos? Jonás termina con el truco de la cuerda y sus nudos mágicos, con el cordel que corta y luego vuelve a pegar; con un movimiento imperceptible, el trozo de piola queda intacto, sin una sola fibra fuera de su lugar, luego bueno, el truco de aparecer las monedas en el sombrero, esas que por la mañana nuestro mago sintió que le faltaban.
En los tiempos en que usaba vestidos ampones de florecitas, en esas mañanas en que mi hermana me peinaba de coletas o trenzas, en esos tiempos en que todo sabía mejor, en que la felicidad se traducía en ver dientes de león esparcirse con el correr del viento y en que los ratones eran seres adorados, la fantasía recurrente era saber los secretos de los magos, suponiendo que sus secretos pudieran ser transmitidos y suponiendo, claro, que una vez descubiertos, yo podría practicarlos y entonces con dicha experiencia ser tocada con la gracia de la magia...
Ahora en estos tiempos, para que decir lo que todos sabemos que ocurre con la edad; en fin en estos días en los que me conformo con recolectar los colores del cielo, los filamentos que queden de los desflorados dientes de león, la verdad es que deseo que nunca me sean develados los secretos de los trucos mágicos de Jonás, de Houdini o de la Maga, y entonces cada vez que escucho en la calle de Madero o de Gante o de Mata, MAGAZO! corro con la ilusión de encontrar el as que me falta.
Artefacto creado para desplazar todo aquello que no tendría ninguna otra oportunidad de ser compartido.
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miércoles, 22 de junio de 2011
domingo, 12 de diciembre de 2010
Domingo de compras en Cabeza de Juárez
En realidad, debía quedarme a realizar una serie de correcciones; tenía que concluir algunos puntos, tramos sueltos que he encontrado en la tesis, pero era la mañana de domingo. Caguamita dormitaba plácido entre cojines ázules, mucitaba bellas melodías sin interpretación, algunos fagots acompañaban su sónata matutina. Me quedé mirando fijamente esa espectacular imagen de la que muchos ángulos quedaban por definir. En fin, el caso es que era domingo por la mañana y un deseo de compradora compulsiva, hasta donde mi modesto sueldo me lo permite, se apoderaba de mí. Fue cuando decidí, darme un baño, a jícarazos, el gas se terminó ayer por la noche, y despertar al misterioso hombre para ir al tianguis...
Llegamos y como era predecible, estaba lleno de personas que aprovechan para hacer las compras decembrinas. Nos dirijimos por una michelada al puesto de siempre y nos dispusimos a deambular por los puestos del enorme laberinto con toldos de colores, tapetes de los cuales florecen zapatos, bolsos, herramientas, celulares, libros, todo, absolutamente todo lo que uno puede desear y en ocasiones incluso, necesitar.
Pásele, pásele güera, barato de calidá, pásele que me quiero ir temprano a emborrachar...
Uno no termina de pagar, cuando ya te enganchas con algún objeto raro y barato, dificíl de resistir. Un marco plateado de esos que tienen un aire art noveau, a 30 pesitos, unos zapatos que me lleven a mis recuerdos y una falda negra para bailar, era todo lo que pedía encontrar y en realidad era todo lo que podía comprar.
Al final los dos éramos félices, infantilmente dichosos. El toque, las burbujas expedidas a lo largo del vagón en la estación Pantitlán y un fébril beso sabor a Caguamita chelada. MUAC!
Llegamos y como era predecible, estaba lleno de personas que aprovechan para hacer las compras decembrinas. Nos dirijimos por una michelada al puesto de siempre y nos dispusimos a deambular por los puestos del enorme laberinto con toldos de colores, tapetes de los cuales florecen zapatos, bolsos, herramientas, celulares, libros, todo, absolutamente todo lo que uno puede desear y en ocasiones incluso, necesitar.
Pásele, pásele güera, barato de calidá, pásele que me quiero ir temprano a emborrachar...
Uno no termina de pagar, cuando ya te enganchas con algún objeto raro y barato, dificíl de resistir. Un marco plateado de esos que tienen un aire art noveau, a 30 pesitos, unos zapatos que me lleven a mis recuerdos y una falda negra para bailar, era todo lo que pedía encontrar y en realidad era todo lo que podía comprar.
Al final los dos éramos félices, infantilmente dichosos. El toque, las burbujas expedidas a lo largo del vagón en la estación Pantitlán y un fébril beso sabor a Caguamita chelada. MUAC!
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