jueves, 25 de mayo de 2017

Me hubiera gustado titular esta entrada algo así como "Hablemos de sororidad" pero en realidad tengo muchas dudas sobre el concepto y las prácticas de uso. Seré franca, luego de mi primer año como madre sentí una verdadera desilusión, no sólo por que en ese momento me sentía abatida y llena de temor al sentir que no podría cumplir con los retos que yo misma me había impuesto, sino porque mi propio círculo de amistades digamos que no comulgó con ella, o no como lo esperaba, incluso cuando la destacan como algo básico para el feminismo.
La experiencia de la maternidad me ha llevado por diversos umbrales y desde luego ha puesto en tensión en diversas ideas que tenía no sólo sobre el feminismo, sino sobre diversas facetas de mi vida. Soy una doctorante de sociología que por mera pasión se le ocurrió crear un tipo de modelo teórico sobre la sociología del arte para el caso mexicano,  además de contar con una beca CONACYT de tiempo completo, por lo que fiel a mis convicciones me propuse ejercer mi maternidad a la par de mi propio proceso académico, como es el caso de muchas compañeras en diversas áreas de investigación en nuestro país. El asunto es que en realidad en tan dificíl como suena, es más, es el triple de cansado e incluso doloroso de lo que me imaginé cuando Vida navegaba en mis profundidades.
Tengo la fortuna de contar con una pareja que ha ejercido su paternidad de manera igualitaria y de eso no tengo queja, a pesar de la tira que anda circulando desde hace unos días sobre la carga mental que las mujeres tenemos sobre los hombres y que me pareció sumamente ilustrativa para visibilizar un problema doméstico que desde luego se vuelve político, sinceramente yo creo que tal carga la llevamos entre los dos. Pero no solamente se trata de las situaciones domésticas, las noches, a veces completas, de desvelo, los constantes cambios de pañales y ropa, las cargas interminables de la lavadora, las habilidades pedagógicas para criar desde la reciprocidad, el amor y el respeto, la presión de las miradas externas y todas esas cosas que sin duda todxs pasamos ante esta etapa. Más allá de eso, se encuentra el verdadero reto de vencer terrores, frustraciones y egoísmos para poder llevarla lo más ligero que se pueda y de paso no arruinar el inconsciente de la bebé. Esa es la parte donde en más de una ocasión, me he visto en la necesidad de darme chance para sentirme incluso triste por no saber cómo actuar.
En teoría una debiera de contar con un círculo de apoyo, un sostén de comprensión y cuidado, digamos una red en la que sabes que puedes caer cuando el vértigo te derroca. Y sí, pensaba que dicha red existía y estaría ahí, pero al igual que el amor romántico, tan despreciado ahora, para mí fue como un mito, o más bien no se presentó de la forma en que te lo venden.
Seguramente existen millones de madres primerizas y posmodernas en busca de consuelo ante los embates de las experiencias no siempre gozosas de la maternidad. Una parte de mí quiere pensar que lo encuentran, que sus amigas van a verla, a chulearle al chico, a mimar a la madre que de pronto en el posparto se siente rara, avejentada hasta medio fea, aunque no sea cierto, pero sobre todo ansiosa porque no sabe cómo será su vida ahora que se ha multiplicado, pero otra parte desea que esa misma madre encuentre esa calma y seguridad en ella misma. Cabe mencionar que yo soy la clase de chica que se deprime ante el primer bache, así que si bien no experimenté una depresión posparto profunda, lo cierto es que me sentía sola e incomprendida.
Suena feo, pero a la fecha tal círculo nunca vino a visitarnos y no creo que sea por malas personas, simplemente comprendí que mi experiencia construyó grados de separación.
Poco a poco fuí recuperándome de esa herida y desde luego fuí agarrándole el ritmo a la experiencia de crecer junto a una bebé. Es cierto, a veces siento que caigo en el mito de la súper madre que debe hacerlo todo bien, digamos que resulta muy tentador, sobre todo si tienes un afán de competir incluso contigo misma, pero lo importante es que ese apoyo llegó de otras mujeres y hombres que no se encontraban en esa lista.
Por ejemplo, mi primera salida de la zona de confort de cuidados maternos me la dio una de las mejores dramaturgas de mi generación. Mariana Gándara me contactó con Mariana Arteaga para colaborar en un hermoso proyecto de danza contemporánea urbana llamado Úumbal. Ese tremendo detalle me cambió la vida, porque por primera vez en meses me sentí activa, incluso valorada y por lo tanto apoyada. Y no es que Mariana hubiera escuchado mis intensos y llorosos relatos sobre el hecho de que Vida un día decidió que ya no quería pecho, o la primera vez que se enfermó, o que ya no cabía en mi minifalda de antes, no, únicamente me valoró y me presentó a otra maravillosa mujer que cambiaría mi idea del arte y la ciudad por completo.
O el caso de mi tutor, quien siempre ha apostado por mí, aún en los momentos más extraños de locura y retrasos de entregas.
El caso evidente de mi pareja, quién siempre ha encontrado la manera de sostenerme incluso cuando parece que el colapso es inevitable. Y por fortuna existen otros hombres que desde diversas trincheras me han dado ánimo y apoyo para que no deje de escribir o incluso de estar en el doctorado.
Pero existen tres mujeres a las que sí les debo mucho, evidentemente a mi madre, a mi hermana y a la madre de mi pareja. Entre las tres lograron tejer esa red de la que hablaba en un principio y claro, no siempre están sincronizadas, pero creo que son lo más cercano que tengo a un ejemplo real de sororidad.
El día de hoy fue tan intenso que por un momento sentí que no tenía caso seguir con el docto, por dramático que suene, la presión en ocasiones es tanta que me rebasa, porque entre otras cosas no he podido encontrar los tiempos adecuados para lograr perfección dentro del proceso de la escritura de mi tesis. He dicho que soy becaria CONACYT, ya en otro momento hablaré sobre las becas y los costos beneficios de contar con dicho apoyo estatal, y por ello siento un doble compromiso de hacer una trabajo excelso,  porque decidí ser madre e investigadora y en esa dupla no puedo sino buscar la perfección, o morir en el intento, porque si no, de qué diablos sirve tanto esfuerzo, tanta pasión, tantas dudas y noches de insomnio.
Justo ahí se encuentra la necesidad de contar con el apoyo de las demás, y no hablo de cuidados infantiles mientras una se da sus escapadas sea por la tesis o por mero placer, sino que en verdad es una carrera contra reloj y de un esfuerzo que en ocasiones olvido lo que se siente dormir plenamente. Todavía no sé si la sororidad sea la panacea a todas las angustias que millones de mujeres ante diversas situaciones de nuestras vidas experimentamos, en realidad yo lo abriría hacía una condición trans donde las prácticas de afecto y reciprocidad necesariamente tienen que venir de cualquier género.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Este espacio lo he dejado de manera intermitente, pienso que es su forma de estar, es un tejido que de manera simultánea une y deshace hilos, conexiones, temas y en general, pasajes de mi vida. Mi manera de estar en la vida real también se presenta de esta forma, un estar y no estar con los demás, un chispazo y luego un silencio que poco a poco me mina hasta que de nuevo tengo ganas de salir, de hablar, de repensarme. A estas alturas, poco me importa si aun existe quien lea este espacio, una valija que ha viajado a lo largo de casi ocho años sin ningún otro afán que construir un puente entre mis experiencias y el desdoblamiento de una escritura que a veces siento que estará por siempre en ciernes.

En el último año no he hecho sino darme a la tarea de reconocerme en el cautiverio que a veces la maternidad demanda. Con todo y que estoy en el tercer año de doctorado en sociología, estos casi dos años me he dedicado a experimentar de lleno el cuerpo maternado y con él todas las implicaciones de ser funambulista y madre de tiempo completo.

No, no he publicado mi primer libro. No, ya no voy a reuniones de escritores y no, ya no tengo la chispa de los veinte que me hizo desear dedicarme de lleno a la escritura, pero a estas alturas ya poco me importa si esas cosas suceden o no. Definitivamente existen cosas que me resultan más importantes que la propia vanidad no sólo de saberme escritora, sino de que se me reconozca como tal. Lo soy y ya nada más me importa.

Parto de la idea de que una vez que he dejado el atavismo de no ser reconocida entre las escritoras de mi generación, la verdad es que lo único que me interesa es escribir. En este par de meses, de los más accidentados de los últimos tiempos, miles de ideas me pasaban por la cabeza, esta entrada la pensé tantas veces que ahora que la escribo, nada tiene que ver con aquellos apuntes mentales. Hubiera querido escribir sobre las cosas que nos aquejan, sobre los feminicidios, sobre los diversos feminismos, sobre la última novela que leí, sobre las cosas que me fastidian de los propios feminismos y los estudios críticos, sobre mi experiencia en mi estancia doctoral en el CEIICH de la UNAM y más, pero abiertamente creo que no era el momento de hacerlo. Imagino que todavía me importaba no ser valorada, imagino que mi vanidad no hacía sino paralizarme.

En próximas fechas cumplo 33 años, cuatro de casada, cinco de vivir en pareja y dos de ser madre, puede que suene pesado, fatuo incluso, pero no son sino marcas de un arduo aprendizaje sobre todo de compromiso y disciplina, de una pasión que no se agota y en general de un desdoblamiento que me ha hecho capaz de reconocerme en cada una de las improntas que dichas experiencias me han dejado. Reconocerme en cada error, en cada ruptura, en cada incidente de violencia, en cada goce, en cada iluminación ha sido lo que ha quedado en esta valija y siendo fiel a la poética de la misma, no hago sino escribir sobre el estado de libertad en el que ahora habito.

Es casi como mi deseo de no borrar mis estrías del embarazo, porque cada marca me ha hecho la escritora que soy.

En general, me es más fácil decir esto acá, porque sé que el blog ya es una reliquia, pero como siempre voy en contra de todo, he decidido hacer lo que nunca hice: escribir casi diario lo que me venga en gana. Cerraré mi face y este será el único medio por el cual me encuentre activa en la red. Así que esperen reseñas, ideas que me vengan sobre problemas sociales o simplemente lo que haya ocurrido en mi día. O no, no esperen nada, no me lean, no dialoguen con mis ideas, no me hagan sentir escuchada, porque de cualquier forma lo haré.

P.d. Acá un enlace a mi último artículo publicado en la excepcional revista de la Universidad Autónoma Metropolitana (México), editada por los maestros Conde de Arriaga y Alejandro Arteaga, a propósito del centenario de Leonora Carrington y su escritura.
http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/40_may_2017/casa_del_tiempo_eV_num_40_24_27.pdf



viernes, 10 de junio de 2016

Lo personal es político. En espera de un buen parto social.

Durante estos días he estado repensando el lema "lo personal es político" acuñado por Kate Millet en su libro Sexual politics de 1969. Las ideas de Millet funcionaron como cabeza para plantear la base del movimiento feminista radical de finales de la década de los sesenta. En él plantea la condición de las relaciones en el ámbito de lo privado y su efecto e inserción en el ámbito público, político sin más, desde las vinculaciones entre la diferencia sexual y las relaciones de poder. Desde luego que pone el dedo en la llaga al admitir que las relaciones establecidas desde el ámbito familiar contienen un nivel político, pues al ser reproducidas mantienen el dominio del patriarcado en absolutamente todas las esferas que sostienen el constructo social. De ahí que utilice el concepto de política para definir estas relaciones, pues la construcción y reproducción de las prácticas creadas desde el ámbito familiar, como la marcada diferencia de los sexos, la división del trabajo de acuerdo a esta diferencia, así como el control económico, conforman una cultura que legitima socialmente el sistema de opresión patriarcal y que deviene control político. Desde luego que su teoría es mucho más compleja que lo que apenas anoto es estas líneas, sin embargo, hago referencia a las ideas de Millet porque una serie de cuestionamientos en torno a los feminismos contemporáneos y a los estudios de género me asaltan de manera constante. No lo niego, de alguna forma me resulta fascinante que en los últimos meses la vida pública en nuestro país se ha visto inmersa en temas que nos tocan profundamente, como la violencia de género, sin más los múltiples feminicidios que dolorosamente ocurren en todo el país, las malas condiciones laborales para las madres trabajadoras y todos los temas que articulan una historia de violencia y horror en la vida cotidiana de las mujeres... pero ¿solamente en la vida de las mujeres? Deseo ser clara, desde luego que mi interés hacia el feminismo, desde mis comienzos a mis 16 años, tiene que ver con los múltiples problemas, prácticas de violencia y acoso que yo y gente querida hemos experimentado en toda nuestra vida, es decir casi la mitad de mi vida he pensado en estos temas, no me avergüenza decir que más de una vez me he decepcionado de mi feminismo y de los espacios donde se predica, lo digo así porque en ocasiones pareciera que lo nuestro funciona como una religión y es justo cuando se acciona como un sistema de creencias sin un fundamento y acción específicas cuando deseo por momentos mantenerme al margen. Esta digresión tiene que ver con el hecho de que como lo mencioné, por fortuna últimamente se han socializado los conceptos de feminismo, género, violencia sexual, por mencionar algunos, no obstante en los diversos espacios, sobre todo en las redes sociales, me parece que se deja de lado la reflexión seria sobre nuestros problemas como sociedad y en sí los fundamentos y las bases políticas e incluso teóricas del movimiento. Últimamente todo mundo se dice feminista y qué bueno, seguramente Mary Wollstonecraft, Millet, Jo Freeman, Shullamit Firestone, Hélene Cixous por mencionar poquísimas tatarabuelas, abuelas y madres del movimiento deben de estar conmovidas porque es este lado del mundo un puñado de mujeres y hombres se dicen feministas, pero ¿qué tanto del discurso representa una práctica positiva para la creación de una fuerza política que rompa las prácticas de sumisión y violencia? ¿Es necesario que sigamos separándonos para proponer relaciones igualitarias? ¿Cuál es el verdadero peso político esta ola de feminismo dentro del sistema jurídico? Hoy como hace siglos resulta necesario crear una verdadera agenda política que incluya todas las desigualdades que como sociedad nos aquejan. Nunca dejaré de lado el hecho de que las mujeres vivimos en términos de violencia y desigualdad que se sustenta de manera permanente, pero el problema francamente es todavía más complejo. En general la sociedad mexicana vivimos un estado de excepción donde esa violencia y desigualdad se reproduce en todos los espacios y ataca a todos los ciudadanos, en general todos nos sentimos violentados y desolados, desde luego que no es gratuito que existan focalizaciones de violencia sexual, pero no estamos viendo la fotografía completa. Nuevamente lo personal es político y por eso creo que las relaciones de género y poder nosotras las estamos reproduciendo de manera donde no todos caben en nuestra idea de sociedad ideal ¿acaso existe una? Si tenemos claridad en la idea de justicia y cambio de los sistemas políticos necesariamente los cambios se verán reflejados en estas relaciones que espero en un presente cercano se palpen como horizontales, pero me mantengo firme en el hecho de que para que eso suceda es necesario voltear no solamente al pasado de nuestros feminismos, sino a todas las realidades y con todos sus actores, es necesario vernos desde nuestro ámbito de lo privado, juzgarnos y repensar qué estamos haciendo para que la desigualdad, violencia y negligencia sigan perpetuando la política actual. Mujeres, queers, hombres estamos dentro del mismo útero que espero, llegue a buen parto.

miércoles, 8 de junio de 2016

Maternidades secuestradas

Afuera, un hombre amoroso canta una canción de amor para intentar calmar a su hija de casi diez meses... la guitarra y el llanto intermitente de mi hija acompañan esta entrada. Finalmente hace un mes visité la exposición de Mónica Mayer, Si tiene dudas pregunte. Tuve la fortuna de hacerlo en la visita guiada que la propia Mónica hace desde el inicio de la exposición en febrero. De manera incansable, como su propio trabajo y con la única finalidad de integrar al público, parte pendular de su obra, acompaña a la exposición que gracias a la curaduría de Karen Cordero en general funciona como una pieza. No negaré que la emoción me embargó al verla de nuevo, como hace diez años cuando me concedió una entrevista para mi tesis de licenciatura, pero en el fondo estaba emocionada porque mi pareja y Vida me acompañaron a una fase más de mi trabajo, ellos hicieron su recorrido por su parte, no deseábamos que el llanto de la bebé interrumpiera la experiencia de las demás integrantes del grupo. Pero ahí estaban, dispuestos a experimentar esa otra cara de mi maternidad, mi trabajo como socióloga y escritora. Ya se sabe que Mónica y su estilo de stand up es inigualable, todos los años como performancera han hecho de ella una mujer con una agudeza y sensibilidad únicas entre las chicas de su especie, lo digo de esta forma porque en mi trabajo me he enfrentado a trabajar con otras artistas que no siempre son tan abiertas, seguras y directas como lo es una de las formadoras de los emblemáticos proyectos Polvo de Gallina negra y Pinto mi raya. Desde hace diez años cuando me recibió en su casa noté inmediatamente su calidez y compromiso político, claro en aquella época yo no era sino una chica tímida y en ciernes de una formación académica que ahora lo sé, no terminará nunca, pero, a pesar de mi ingenuidad pude notar que esta mujer dejaría su impronta para siempre en mi conciencia política y en mi gusto estético. Durante estos diez años, me salí y regresé al feminismo, a los estudios de género y la única constante es que siempre aparecen muchas dudas sobre nuestro tiempo y sobre mi propia condición política, así como mi experiencia cotidiana dentro de mis roles. Lo digo así porque aunque en este blog he hablado sobre aspectos de mi vida que fundamentan mi praxis política y mi propia poética, creo que muchas veces he intentado marginalizar mi condición de madre frente a mi propio trabajo. Me he autocensurado, no sé si decir que el germen del machismo engendró un miedo a exponerme públicamente como madre, pero lo cierto es que todavía hace unos meses me estremecía que en el posgrado o en nuestro círculo de amigos, escritores, artistas plásticos, se me viera como una madre, como una mujer a la que hay que darle chance porque ahora es madre... y bueno, esa es la verdad, soy madre y además escribo y publico y hago una tesis, y tengo aficiones por la fotografía y sí, hago pasteles y una que otra vez me tomo unos gins, a veces algunos de más. Entre otras muchas cosas, la exposición retrospectiva del trabajo de Mónica Mayer me ayudó a confrontar dos miedos que muchas veces hacen que me autocensure, el miedo a la maternidad desde la luz pública dentro del quehacer académico y artístico y el miedo a exponer públicamente los diversos acosos que he vivido. El segundo punto lo discutiré en otra entrada, pues es obvio que luego del 24A con todo lo bueno y lo malo que ha sucedido el tema por fin salió a la conciencia social. Si algo puedo decir sobre la exposición y el efecto que tuvo en mí, fue el hecho de repensar la maternidad, los roles a los que nos enfrentamos y esa situación de maternidad secuestrada que vivimos constantemente, por el otro es cierto, pero también por nosotras mismas, o al menos en mi caso. La pieza Maternidades secuestradas y desde luego Maruca la mala madre crearon una confrontación sobre mi idea de la maternidad, pero también sobre cómo lo vivo de manera cotidiana. Vi entonces como sí hay un efecto de autocensura en mi trabajo, como si fuera una mácula, como si viviera con miedo de que los demás no me tomarán en cuenta porque crío a mi hija... como si la maternidad fuera un efecto lobotomizador. Debo de decirlo, me sentí aliviada, no solamente eso, me sentí tan acompañada en este proceso que muchas veces es muy duro. En las siguientes entradas seguiré hablando de la exposición, a casi un mes de que termine, sin embargo deseo terminar con un hecho que nos marcó para siempre como pareja. Cuando nos vimos al final de la exposición, noté que Conde estaba sumamente conmovido, tenía los ojos enrojecidos... me dijo que hacía años que una exposición no lo había tocada de la manera que el trabajo de Mónica lo había hecho, tenía un brillo como el que yo tenía cuando estaba embarazada, con toda soltura me estaba entregando mi maternidad trabajadora. Las piezas activaron en nosotros una idea de maternidad y paternidad igualitaria. Afuera, un padre está dando de desayunar a Vida mientras yo escribo estas líneas.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Hace tiempo escribí en este espacio que no publicaría cosas sobre la maternidad que ahora asumo. Con el paso de los meses descubrí que aquello resulta imposible, los cuidados de mi hija bordan una impronta que no puedo simplemente dejar de lado. Supongo que esa idea tenía que ver con el miedo a dejar de lado mi vida, como si de repente temiera ser desdibujada por el peso de la responsabilidad y de todo lo que conlleva ser madre de tiempo completo. Es curioso porque siempre he estado sobre la pauta del feminismo y los estudios de género, pero igualmente admito que los lugares donde me he habitado durante mi experiencia de vida siempre me han implicado un extenuante trabajo de aceptación. Es decir, toda vez que me introduzco en un rol como hija, como amante, como mujer, como mujer bisexual, como socióloga, como escritora, como latinoamericanista, como esposa, ahora como madre, me llevan a definirme como un todo en ese rol. La carga cultural de cada rol re-semantiza en mi estructura mental una imagen de mí que muchas veces no reconozco y que me lleva al agobio sin más. En los episodios donde me he encontrado en un diván hablando de la angustia que me producen estos roles la amenaza que sale a la luz tiene que ver con que no me siento del todo cómoda o que simplemente me siento en falta. Ya se sabe que el deseo se apropia de todo y es ese mismo el que nos ayuda a sobrevivir, pero a mis casi treinta y dos años no logro comprender del todo ese afán de separar cada espacio de mi propia conciencia, como si viviera en un continuo estado de fragmentación. En estos seis meses donde Vida cada día me enseña que la perseverancia es el único respaldo que nos queda para no enloquecer, lentamente he llegado a comprender que no es posible separar mi trabajo de mi rol como madre, mucho menos porque por ahora trabajo en casa y menos aún porque ella colma todos los rincones. Inflamada de contradicciones y cuestionamientos caigo en el punto de que puede que exista una culpa inmersa en los diversos procesos de aceptación de cada uno de los roles que he adquirido. Como si sintiera que hacía el exterior debo disculparme porque soy bisexual, o esposa o madre y en este último rol, los tiempos toman un rumbo distinto, el ritmo no es que sea más lento, sino que es más inconstante. Todavía recuerdo que hace un año cuando di la noticia en el posgrado acerca de mi embarazo me sentía temerosa, incluso algo avergonzada, aunque curiosamente recibí mayor respaldo del ala masculina que de la femenina, luego platicaré sobre eso, en realidad me sentía algo irresponsable, como si hubiera defraudado a alguien y claro, luego está el rol de escritora, aunque ya se sabe que en realidad no tengo una vida activa en la pequeña república de las letras mexicanas, ese ínfimo espacio que he tejido en torno a lo poco que escribo temía que fuera a desaparecer o mejor dicho, no sabía cómo entretejer ambos espacios. El personaje que he tejido desde mi escritura, la Fabiola Eunice que comenzó a escribir acá como una chica en su veintitantos no tiene que ver con lo que ahora soy, por fortuna ni con la manera en qué escribo, ni con las lecturas, pero tampoco con los intereses. Sé que no quería ser esta clase de madre que de todo se agarra para visibilizar que lo es. La verdad es que con el tiempo una comprende que a nadie le importa lo que cada quien hace o es y vaya que duele reconocerlo, pero una vez que se interioriza esta situación, cuando el fin de la frustración llega, una puede ver la fotografía completa. Mi falta de producción nada tiene que ver con que sea madre, hace cuatro años que llegué a la Fundación para las Letras Mexicanas y dos desde que salí y no he publicado mi primer libro, tampoco he publicado muchos artículos y este blog siempre lo dejo a la deriva, creo que no me he comprometido seriamente con mi trabajo ni con mis deseos, pero sigo en la línea de fuego. Para cerrar esta sarta de digresiones entorno a mi experiencia entre la maternidad y el trabajo de escritora, puedo admitir que la manera de envilecer la maternidad tiene que ver con la autocompasión. Tengo unas ganas infinitas de ir a la exposición Si tiene dudas... pregunte de la artista Mónica Mayer, me parece que su trabajo deja muchas pautas sobre los temas de roles femeninos frente al trabajo creativo, espero ir en estos días y compartir mi experiencia de cara a sus piezas. En fin, el café se ha terminado y Vida no tarda en despertar. De nuevo amanece sobre esta ciudad que siento que reclama mis pasos acompañados de una niña que me enseña como vivir. Soy una mujer del alba.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Hoy por la tarde tuve la oportunidad de terminar un ensayo sobre William Hazlitt y el arte del paseo inglés. La verdad es que estaba fuera de mi dead line y no voy a poner a mi hija como excusa, porque lo cierto es que siempre he entregado trabajos escolares, colaboraciones y participaciones para certámenes literarios justo el día de cierre... Así que fiel a mi tradición, apenas y lo entregué en tiempo. Una de las cosas que más amo sobre los ensayistas ingleses del siglo XIX es justo esta libertad de la que hacen uso en la forma y fondo de su prosa. Para alguien que ama el ocio, ahora más con añoranza, el sólo pensar en las fronteras mentales que una caminata sin rumbo y con duración de más de tres horas puede derribar, me otorga un profundo placer. Aún cuando por el momento no puedo hacer tales paseos, en el fondo me siento plena al pensar en todas esas horas que gasté de la manera más bella al caminar sobre todo por esta ciudad sin rumbo fijo. Tantas cuadras donde me detenía a mirar vitrinas, a perderme en fachadas de casas que me gustaran imaginando la vida de sus moradores. Cuántas veces no peligró mi vida al punto de que casi me atropellaran por no percatarme de que el semáforo estaba en rojo, y no lo veía porque me había entregado del todo a deambular por mis pensamientos. Tampoco es que fueran paseos idílicos, muchas veces tuve que soportar los tufos vomitivos de calles como Dieciséis de septiembre en el Centro Histórico, de salidas de metros como Tacubaya o de cualquier lugar donde hubiera un puesto de fruta, lo lamento pero los humores que emanan de los desechos y el agua sucia siempre me han parecido nauseabundos, pero de cualquier forma, esos olores eran parte de las escenografías por las que tantas veces me interprete a mí misma. No voy a negar que extraño profundamente esas kilométricas caminatas.Mis muslos con tendencia a ser rollizos lucían mejor a causa de las largas avenidas que recorría a diario, pero este tiempo de guardar se vuelve un espacio rico en ocio, además de ser significativo porque recreo esos paseos e intento rescatar esos pensamientos que por suerte aún flotan en mis libretas de trabajo. Creo que el ciclo de tales recorridos están completos, pues el símbolo queda develado en estas notas donde no sólo replico la libertad que cada paso me dio, sino que en esa misma me veo reflejada, pero desde este otro espacio igual de complejo y grato que es mi casa. P.d. ¿Algún lector podría recomendarme un té que vaya a la par con este sentido de libertad? Creo que el early grey ha comenzado a aburrirme...

martes, 3 de noviembre de 2015

Cuando comencé a escribir este blog las cosas eran muy distintas. Todo mundo tenía uno, era el apogeo de las redes sociales y yo como buena veinteañeros no quería quedarme fuera, mucho menos por mis pretensiones de convertirme en escritora. Han pasado casi seis años, ahora casi nadie escribe en blogs, en parte porque muchas publicaciones digitales nacieron y han acogido a buena parte de mi generación o posteriores para que nos enteremos de sus vidas e ideas, en parte porque justo crecimos y con ello, supongo, creció el fin del tiempo de ocio. Ahora nadie tiene tiempo de tirar líneas al vacío, líneas sin remuneración de ningún tipo. Yo no sé si logré convertirme en escritora, además me convertí en madre y claro, no tengo tiempo de casi nada. Con el paso de los días y los minutos de ocio que en una semana apenas y alcanzan para completar una hora, he llegado a la conclusión de que en el fondo yo también cambié, no solamente por los dos puntos mencionados, sino porque creo que cambié tanto que no me reconozco del todo en la forma de este blog, ni en su estética, ni en su pretensión. Francamente después de pasar por una cesárea vista por mi pareja, por los rezagos de mi cuerpo que otrora devenía infinito y firme placer, luego de reconocerme en los miasmas de mi hija, no puedo sino sentirme real, libre de capas protectoras, pretensiones estilísticas y de inconsciencia de clase, en fin, yo simplemente ya no tengo nada que esconder ni maquillar. Mis estrías, mis miedos, la total falta de manejo de situaciones incómodas, todas esas a las que las madres primerizas se enfrentan, mis alegrías todo eso que mi cuerpo contiene desde el parto se traslada de apoco en mi escritura. Cada marca e intersticio guarda un momento doloroso o placentero, una microhistoria que se desata desde mi dermis hasta esta prótesis. En el fondo, para mí eso es la escritura, una prótesis de aquello que nos falta, pero que nos es imprescindible. Siempre nos reconocemos en la falta y es esta misma la que nos hace movernos, gritar, llorar y amar. Hoy realmente ha sido un día complicado, mi hija no paraba de llorar, un pago por un trabajo que hice para la universidad donde hago mi doctorado no ha sido ni siquiera gestionado y claro, he tenido mi sesión privada de llanto ante la enorme frustración que siento por no poder escribir mi tesis de manera constante y porque odio no saber qué hacer para consolar a mi hija, sin contar todas las cosas desagradables en las que pienso cuando más cansada y frustrada me siento. Pero entonces, después de que mi compañero llegará con sushi y me diera tiempo para hacer ejercicio y relajarme mientras él cuida a nuestra hija, pensé que otra cosa que me molesta es no escribir siendo yo misma, en sí no escribir. Estas digresiones tienen que ver con algo que escribí en mi face luego de la decepción que sentí al perder dos concursos literarios, en ese momento me dí cuenta de que nunca ganaré nada, puede que mis dos libros jamás sean publicados, pero ya no importa, porque esa marginalidad me daría el espacio y tiempo para ser quién siempre he querido ser, bueno y heme aquí, sin nada que perder. Definitivamente las cosas han cambiado, ningún patán me hace creer que me quiere, no me interesa pretender ser quien nunca fui y sí, llevo una vida donde el espacio de lo doméstico se come casi todo, pero no seguiré desistiendo de escribir y puede que de cocinar, alguién más ama a Rachel Khoo's o Master Chef?