viernes, 10 de junio de 2016

Lo personal es político. En espera de un buen parto social.

Durante estos días he estado repensando el lema "lo personal es político" acuñado por Kate Millet en su libro Sexual politics de 1969. Las ideas de Millet funcionaron como cabeza para plantear la base del movimiento feminista radical de finales de la década de los sesenta. En él plantea la condición de las relaciones en el ámbito de lo privado y su efecto e inserción en el ámbito público, político sin más, desde las vinculaciones entre la diferencia sexual y las relaciones de poder. Desde luego que pone el dedo en la llaga al admitir que las relaciones establecidas desde el ámbito familiar contienen un nivel político, pues al ser reproducidas mantienen el dominio del patriarcado en absolutamente todas las esferas que sostienen el constructo social. De ahí que utilice el concepto de política para definir estas relaciones, pues la construcción y reproducción de las prácticas creadas desde el ámbito familiar, como la marcada diferencia de los sexos, la división del trabajo de acuerdo a esta diferencia, así como el control económico, conforman una cultura que legitima socialmente el sistema de opresión patriarcal y que deviene control político. Desde luego que su teoría es mucho más compleja que lo que apenas anoto es estas líneas, sin embargo, hago referencia a las ideas de Millet porque una serie de cuestionamientos en torno a los feminismos contemporáneos y a los estudios de género me asaltan de manera constante. No lo niego, de alguna forma me resulta fascinante que en los últimos meses la vida pública en nuestro país se ha visto inmersa en temas que nos tocan profundamente, como la violencia de género, sin más los múltiples feminicidios que dolorosamente ocurren en todo el país, las malas condiciones laborales para las madres trabajadoras y todos los temas que articulan una historia de violencia y horror en la vida cotidiana de las mujeres... pero ¿solamente en la vida de las mujeres? Deseo ser clara, desde luego que mi interés hacia el feminismo, desde mis comienzos a mis 16 años, tiene que ver con los múltiples problemas, prácticas de violencia y acoso que yo y gente querida hemos experimentado en toda nuestra vida, es decir casi la mitad de mi vida he pensado en estos temas, no me avergüenza decir que más de una vez me he decepcionado de mi feminismo y de los espacios donde se predica, lo digo así porque en ocasiones pareciera que lo nuestro funciona como una religión y es justo cuando se acciona como un sistema de creencias sin un fundamento y acción específicas cuando deseo por momentos mantenerme al margen. Esta digresión tiene que ver con el hecho de que como lo mencioné, por fortuna últimamente se han socializado los conceptos de feminismo, género, violencia sexual, por mencionar algunos, no obstante en los diversos espacios, sobre todo en las redes sociales, me parece que se deja de lado la reflexión seria sobre nuestros problemas como sociedad y en sí los fundamentos y las bases políticas e incluso teóricas del movimiento. Últimamente todo mundo se dice feminista y qué bueno, seguramente Mary Wollstonecraft, Millet, Jo Freeman, Shullamit Firestone, Hélene Cixous por mencionar poquísimas tatarabuelas, abuelas y madres del movimiento deben de estar conmovidas porque es este lado del mundo un puñado de mujeres y hombres se dicen feministas, pero ¿qué tanto del discurso representa una práctica positiva para la creación de una fuerza política que rompa las prácticas de sumisión y violencia? ¿Es necesario que sigamos separándonos para proponer relaciones igualitarias? ¿Cuál es el verdadero peso político esta ola de feminismo dentro del sistema jurídico? Hoy como hace siglos resulta necesario crear una verdadera agenda política que incluya todas las desigualdades que como sociedad nos aquejan. Nunca dejaré de lado el hecho de que las mujeres vivimos en términos de violencia y desigualdad que se sustenta de manera permanente, pero el problema francamente es todavía más complejo. En general la sociedad mexicana vivimos un estado de excepción donde esa violencia y desigualdad se reproduce en todos los espacios y ataca a todos los ciudadanos, en general todos nos sentimos violentados y desolados, desde luego que no es gratuito que existan focalizaciones de violencia sexual, pero no estamos viendo la fotografía completa. Nuevamente lo personal es político y por eso creo que las relaciones de género y poder nosotras las estamos reproduciendo de manera donde no todos caben en nuestra idea de sociedad ideal ¿acaso existe una? Si tenemos claridad en la idea de justicia y cambio de los sistemas políticos necesariamente los cambios se verán reflejados en estas relaciones que espero en un presente cercano se palpen como horizontales, pero me mantengo firme en el hecho de que para que eso suceda es necesario voltear no solamente al pasado de nuestros feminismos, sino a todas las realidades y con todos sus actores, es necesario vernos desde nuestro ámbito de lo privado, juzgarnos y repensar qué estamos haciendo para que la desigualdad, violencia y negligencia sigan perpetuando la política actual. Mujeres, queers, hombres estamos dentro del mismo útero que espero, llegue a buen parto.

miércoles, 8 de junio de 2016

Maternidades secuestradas

Afuera, un hombre amoroso canta una canción de amor para intentar calmar a su hija de casi diez meses... la guitarra y el llanto intermitente de mi hija acompañan esta entrada. Finalmente hace un mes visité la exposición de Mónica Mayer, Si tiene dudas pregunte. Tuve la fortuna de hacerlo en la visita guiada que la propia Mónica hace desde el inicio de la exposición en febrero. De manera incansable, como su propio trabajo y con la única finalidad de integrar al público, parte pendular de su obra, acompaña a la exposición que gracias a la curaduría de Karen Cordero en general funciona como una pieza. No negaré que la emoción me embargó al verla de nuevo, como hace diez años cuando me concedió una entrevista para mi tesis de licenciatura, pero en el fondo estaba emocionada porque mi pareja y Vida me acompañaron a una fase más de mi trabajo, ellos hicieron su recorrido por su parte, no deseábamos que el llanto de la bebé interrumpiera la experiencia de las demás integrantes del grupo. Pero ahí estaban, dispuestos a experimentar esa otra cara de mi maternidad, mi trabajo como socióloga y escritora. Ya se sabe que Mónica y su estilo de stand up es inigualable, todos los años como performancera han hecho de ella una mujer con una agudeza y sensibilidad únicas entre las chicas de su especie, lo digo de esta forma porque en mi trabajo me he enfrentado a trabajar con otras artistas que no siempre son tan abiertas, seguras y directas como lo es una de las formadoras de los emblemáticos proyectos Polvo de Gallina negra y Pinto mi raya. Desde hace diez años cuando me recibió en su casa noté inmediatamente su calidez y compromiso político, claro en aquella época yo no era sino una chica tímida y en ciernes de una formación académica que ahora lo sé, no terminará nunca, pero, a pesar de mi ingenuidad pude notar que esta mujer dejaría su impronta para siempre en mi conciencia política y en mi gusto estético. Durante estos diez años, me salí y regresé al feminismo, a los estudios de género y la única constante es que siempre aparecen muchas dudas sobre nuestro tiempo y sobre mi propia condición política, así como mi experiencia cotidiana dentro de mis roles. Lo digo así porque aunque en este blog he hablado sobre aspectos de mi vida que fundamentan mi praxis política y mi propia poética, creo que muchas veces he intentado marginalizar mi condición de madre frente a mi propio trabajo. Me he autocensurado, no sé si decir que el germen del machismo engendró un miedo a exponerme públicamente como madre, pero lo cierto es que todavía hace unos meses me estremecía que en el posgrado o en nuestro círculo de amigos, escritores, artistas plásticos, se me viera como una madre, como una mujer a la que hay que darle chance porque ahora es madre... y bueno, esa es la verdad, soy madre y además escribo y publico y hago una tesis, y tengo aficiones por la fotografía y sí, hago pasteles y una que otra vez me tomo unos gins, a veces algunos de más. Entre otras muchas cosas, la exposición retrospectiva del trabajo de Mónica Mayer me ayudó a confrontar dos miedos que muchas veces hacen que me autocensure, el miedo a la maternidad desde la luz pública dentro del quehacer académico y artístico y el miedo a exponer públicamente los diversos acosos que he vivido. El segundo punto lo discutiré en otra entrada, pues es obvio que luego del 24A con todo lo bueno y lo malo que ha sucedido el tema por fin salió a la conciencia social. Si algo puedo decir sobre la exposición y el efecto que tuvo en mí, fue el hecho de repensar la maternidad, los roles a los que nos enfrentamos y esa situación de maternidad secuestrada que vivimos constantemente, por el otro es cierto, pero también por nosotras mismas, o al menos en mi caso. La pieza Maternidades secuestradas y desde luego Maruca la mala madre crearon una confrontación sobre mi idea de la maternidad, pero también sobre cómo lo vivo de manera cotidiana. Vi entonces como sí hay un efecto de autocensura en mi trabajo, como si fuera una mácula, como si viviera con miedo de que los demás no me tomarán en cuenta porque crío a mi hija... como si la maternidad fuera un efecto lobotomizador. Debo de decirlo, me sentí aliviada, no solamente eso, me sentí tan acompañada en este proceso que muchas veces es muy duro. En las siguientes entradas seguiré hablando de la exposición, a casi un mes de que termine, sin embargo deseo terminar con un hecho que nos marcó para siempre como pareja. Cuando nos vimos al final de la exposición, noté que Conde estaba sumamente conmovido, tenía los ojos enrojecidos... me dijo que hacía años que una exposición no lo había tocada de la manera que el trabajo de Mónica lo había hecho, tenía un brillo como el que yo tenía cuando estaba embarazada, con toda soltura me estaba entregando mi maternidad trabajadora. Las piezas activaron en nosotros una idea de maternidad y paternidad igualitaria. Afuera, un padre está dando de desayunar a Vida mientras yo escribo estas líneas.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Hace tiempo escribí en este espacio que no publicaría cosas sobre la maternidad que ahora asumo. Con el paso de los meses descubrí que aquello resulta imposible, los cuidados de mi hija bordan una impronta que no puedo simplemente dejar de lado. Supongo que esa idea tenía que ver con el miedo a dejar de lado mi vida, como si de repente temiera ser desdibujada por el peso de la responsabilidad y de todo lo que conlleva ser madre de tiempo completo. Es curioso porque siempre he estado sobre la pauta del feminismo y los estudios de género, pero igualmente admito que los lugares donde me he habitado durante mi experiencia de vida siempre me han implicado un extenuante trabajo de aceptación. Es decir, toda vez que me introduzco en un rol como hija, como amante, como mujer, como mujer bisexual, como socióloga, como escritora, como latinoamericanista, como esposa, ahora como madre, me llevan a definirme como un todo en ese rol. La carga cultural de cada rol re-semantiza en mi estructura mental una imagen de mí que muchas veces no reconozco y que me lleva al agobio sin más. En los episodios donde me he encontrado en un diván hablando de la angustia que me producen estos roles la amenaza que sale a la luz tiene que ver con que no me siento del todo cómoda o que simplemente me siento en falta. Ya se sabe que el deseo se apropia de todo y es ese mismo el que nos ayuda a sobrevivir, pero a mis casi treinta y dos años no logro comprender del todo ese afán de separar cada espacio de mi propia conciencia, como si viviera en un continuo estado de fragmentación. En estos seis meses donde Vida cada día me enseña que la perseverancia es el único respaldo que nos queda para no enloquecer, lentamente he llegado a comprender que no es posible separar mi trabajo de mi rol como madre, mucho menos porque por ahora trabajo en casa y menos aún porque ella colma todos los rincones. Inflamada de contradicciones y cuestionamientos caigo en el punto de que puede que exista una culpa inmersa en los diversos procesos de aceptación de cada uno de los roles que he adquirido. Como si sintiera que hacía el exterior debo disculparme porque soy bisexual, o esposa o madre y en este último rol, los tiempos toman un rumbo distinto, el ritmo no es que sea más lento, sino que es más inconstante. Todavía recuerdo que hace un año cuando di la noticia en el posgrado acerca de mi embarazo me sentía temerosa, incluso algo avergonzada, aunque curiosamente recibí mayor respaldo del ala masculina que de la femenina, luego platicaré sobre eso, en realidad me sentía algo irresponsable, como si hubiera defraudado a alguien y claro, luego está el rol de escritora, aunque ya se sabe que en realidad no tengo una vida activa en la pequeña república de las letras mexicanas, ese ínfimo espacio que he tejido en torno a lo poco que escribo temía que fuera a desaparecer o mejor dicho, no sabía cómo entretejer ambos espacios. El personaje que he tejido desde mi escritura, la Fabiola Eunice que comenzó a escribir acá como una chica en su veintitantos no tiene que ver con lo que ahora soy, por fortuna ni con la manera en qué escribo, ni con las lecturas, pero tampoco con los intereses. Sé que no quería ser esta clase de madre que de todo se agarra para visibilizar que lo es. La verdad es que con el tiempo una comprende que a nadie le importa lo que cada quien hace o es y vaya que duele reconocerlo, pero una vez que se interioriza esta situación, cuando el fin de la frustración llega, una puede ver la fotografía completa. Mi falta de producción nada tiene que ver con que sea madre, hace cuatro años que llegué a la Fundación para las Letras Mexicanas y dos desde que salí y no he publicado mi primer libro, tampoco he publicado muchos artículos y este blog siempre lo dejo a la deriva, creo que no me he comprometido seriamente con mi trabajo ni con mis deseos, pero sigo en la línea de fuego. Para cerrar esta sarta de digresiones entorno a mi experiencia entre la maternidad y el trabajo de escritora, puedo admitir que la manera de envilecer la maternidad tiene que ver con la autocompasión. Tengo unas ganas infinitas de ir a la exposición Si tiene dudas... pregunte de la artista Mónica Mayer, me parece que su trabajo deja muchas pautas sobre los temas de roles femeninos frente al trabajo creativo, espero ir en estos días y compartir mi experiencia de cara a sus piezas. En fin, el café se ha terminado y Vida no tarda en despertar. De nuevo amanece sobre esta ciudad que siento que reclama mis pasos acompañados de una niña que me enseña como vivir. Soy una mujer del alba.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Hoy por la tarde tuve la oportunidad de terminar un ensayo sobre William Hazlitt y el arte del paseo inglés. La verdad es que estaba fuera de mi dead line y no voy a poner a mi hija como excusa, porque lo cierto es que siempre he entregado trabajos escolares, colaboraciones y participaciones para certámenes literarios justo el día de cierre... Así que fiel a mi tradición, apenas y lo entregué en tiempo. Una de las cosas que más amo sobre los ensayistas ingleses del siglo XIX es justo esta libertad de la que hacen uso en la forma y fondo de su prosa. Para alguien que ama el ocio, ahora más con añoranza, el sólo pensar en las fronteras mentales que una caminata sin rumbo y con duración de más de tres horas puede derribar, me otorga un profundo placer. Aún cuando por el momento no puedo hacer tales paseos, en el fondo me siento plena al pensar en todas esas horas que gasté de la manera más bella al caminar sobre todo por esta ciudad sin rumbo fijo. Tantas cuadras donde me detenía a mirar vitrinas, a perderme en fachadas de casas que me gustaran imaginando la vida de sus moradores. Cuántas veces no peligró mi vida al punto de que casi me atropellaran por no percatarme de que el semáforo estaba en rojo, y no lo veía porque me había entregado del todo a deambular por mis pensamientos. Tampoco es que fueran paseos idílicos, muchas veces tuve que soportar los tufos vomitivos de calles como Dieciséis de septiembre en el Centro Histórico, de salidas de metros como Tacubaya o de cualquier lugar donde hubiera un puesto de fruta, lo lamento pero los humores que emanan de los desechos y el agua sucia siempre me han parecido nauseabundos, pero de cualquier forma, esos olores eran parte de las escenografías por las que tantas veces me interprete a mí misma. No voy a negar que extraño profundamente esas kilométricas caminatas.Mis muslos con tendencia a ser rollizos lucían mejor a causa de las largas avenidas que recorría a diario, pero este tiempo de guardar se vuelve un espacio rico en ocio, además de ser significativo porque recreo esos paseos e intento rescatar esos pensamientos que por suerte aún flotan en mis libretas de trabajo. Creo que el ciclo de tales recorridos están completos, pues el símbolo queda develado en estas notas donde no sólo replico la libertad que cada paso me dio, sino que en esa misma me veo reflejada, pero desde este otro espacio igual de complejo y grato que es mi casa. P.d. ¿Algún lector podría recomendarme un té que vaya a la par con este sentido de libertad? Creo que el early grey ha comenzado a aburrirme...

martes, 3 de noviembre de 2015

Cuando comencé a escribir este blog las cosas eran muy distintas. Todo mundo tenía uno, era el apogeo de las redes sociales y yo como buena veinteañeros no quería quedarme fuera, mucho menos por mis pretensiones de convertirme en escritora. Han pasado casi seis años, ahora casi nadie escribe en blogs, en parte porque muchas publicaciones digitales nacieron y han acogido a buena parte de mi generación o posteriores para que nos enteremos de sus vidas e ideas, en parte porque justo crecimos y con ello, supongo, creció el fin del tiempo de ocio. Ahora nadie tiene tiempo de tirar líneas al vacío, líneas sin remuneración de ningún tipo. Yo no sé si logré convertirme en escritora, además me convertí en madre y claro, no tengo tiempo de casi nada. Con el paso de los días y los minutos de ocio que en una semana apenas y alcanzan para completar una hora, he llegado a la conclusión de que en el fondo yo también cambié, no solamente por los dos puntos mencionados, sino porque creo que cambié tanto que no me reconozco del todo en la forma de este blog, ni en su estética, ni en su pretensión. Francamente después de pasar por una cesárea vista por mi pareja, por los rezagos de mi cuerpo que otrora devenía infinito y firme placer, luego de reconocerme en los miasmas de mi hija, no puedo sino sentirme real, libre de capas protectoras, pretensiones estilísticas y de inconsciencia de clase, en fin, yo simplemente ya no tengo nada que esconder ni maquillar. Mis estrías, mis miedos, la total falta de manejo de situaciones incómodas, todas esas a las que las madres primerizas se enfrentan, mis alegrías todo eso que mi cuerpo contiene desde el parto se traslada de apoco en mi escritura. Cada marca e intersticio guarda un momento doloroso o placentero, una microhistoria que se desata desde mi dermis hasta esta prótesis. En el fondo, para mí eso es la escritura, una prótesis de aquello que nos falta, pero que nos es imprescindible. Siempre nos reconocemos en la falta y es esta misma la que nos hace movernos, gritar, llorar y amar. Hoy realmente ha sido un día complicado, mi hija no paraba de llorar, un pago por un trabajo que hice para la universidad donde hago mi doctorado no ha sido ni siquiera gestionado y claro, he tenido mi sesión privada de llanto ante la enorme frustración que siento por no poder escribir mi tesis de manera constante y porque odio no saber qué hacer para consolar a mi hija, sin contar todas las cosas desagradables en las que pienso cuando más cansada y frustrada me siento. Pero entonces, después de que mi compañero llegará con sushi y me diera tiempo para hacer ejercicio y relajarme mientras él cuida a nuestra hija, pensé que otra cosa que me molesta es no escribir siendo yo misma, en sí no escribir. Estas digresiones tienen que ver con algo que escribí en mi face luego de la decepción que sentí al perder dos concursos literarios, en ese momento me dí cuenta de que nunca ganaré nada, puede que mis dos libros jamás sean publicados, pero ya no importa, porque esa marginalidad me daría el espacio y tiempo para ser quién siempre he querido ser, bueno y heme aquí, sin nada que perder. Definitivamente las cosas han cambiado, ningún patán me hace creer que me quiere, no me interesa pretender ser quien nunca fui y sí, llevo una vida donde el espacio de lo doméstico se come casi todo, pero no seguiré desistiendo de escribir y puede que de cocinar, alguién más ama a Rachel Khoo's o Master Chef?

lunes, 29 de junio de 2015

Sobre las ganas de no hacer otra cosa que escribir. Primera parte.

De unos meses para acá me ha dado por pensar en el hecho de que quizá tengan razón aquellos escritores que reclaman la necesidad de no dedicarse a otra cosa que no sea leer, pasear y escribir. Aunque en realidad hay dos vertientes de escritores, los que dicen que para evitar el bloqueo y tener de qué escribir resulta aconsejable tener un trabajo mediocre, uno de corte burocrático o de oficina que mantenga nuestro cuerpo ocupado y nuestra mente pendiente en tareas secundarias, acaso fáciles y repetitivas. Patricia Highsmith decía, por ejemplo, que es recomendable dedicarse a otro trabajo mientras una se enfrenta al oficio de la escritura, pues de esta manera resulta posible destrabarse de las historias mientras se hace otra cosa. De manera opuesta están aquellos escritores que se sienten más identificados con el tipo de escritor como Montaigne para quien escribir, leer y vivir lo suponen todo. Pienso que las generaciones de los setenta y la mía, la del ochenta, se muestran más atraídos por la segunda opción. En realidad no me sorprende, pues muchas veces yo también he querido dedicarme solamente a este oficio y no hacer otra cosa que dormir, pasear, leer, escribir y quizá bordar. Alguna vez me descubrí escribiendo en el metro algo así como "ojalá me pagaran solamente por hacer aquello que me apetece" pero luego, con una tristeza absoluta, me acuerdo que ya tuve una beca por dos años para hacer exactamente esas cosas, descontando el tedio de hacer entradas para una enciclopedia sobre la literatura mexicana, en general solamente debía dedicarme a escribir y a leer. La verdad es que a la fecha siento que no lo aproveché totalmente. En fin, lo único que me pregunto es si acaso para tener un ejercicio constante con la escritura, será necesario no hacer otra cosa en la vida que hacerlo.

sábado, 20 de junio de 2015

Proyecciones

La última entrada que escribí fue acerca de mis miedos y los profundos impactos que crearon en mi cuerpo y en mi subconsciente. Ninguna de las personas que me rodea, o si es que aún existe algún lector, hubiéramos pensado que en ese momento de tremendo pánico por mi situación corporal iba a tener un revés que me llevaría hacía otros espacio... Tengo ocho meses de embarazo. No me propongo a hablar aquí de esa experiencia, para ser franca no me interesa en lo más mínimo escribir sobre mi proyecto de ser madre, para eso tengo un espacio más íntimo. Pero acá lo que realmente me inquieta es seguir desdoblando mis necesidades como escritora. He dejado muchos espacios vacíos por el miedo que me produce enfrentarme a las páginas en blanco y luego, peor, a las lecturas de los otros. Cumplí
31 años, hago un doctorado y sí, espero una hija, pero esas cosas no terminan por hacerme sentir cómoda o segura de mis desiciones. Durante los años en la Fundación para las Letras Mexicanas pude optar por vaciarme de las capas de ruidos blancos y palabras que resonaban desde mis recuerdos. Proyecté en páginas los imágenes y los deseos que de a poco fueron configurando el presente en el que estoy sentada. En estos momentos solamente estoy tratando de mantener una entrada y ya me propongo si le veré fin. Pero de nuevo, ¿escribir para qué? Como si no fuera suficiente el auto escarnio de no haber publicado aún el primer libro, sin contar el terror a no salir jamás de los papeles sueltos, los ensayos vacíos, las narraciones inconclusas, como si no fuera suficiente el tedio de hacer una tesis, el pánico de no saber qué es lo que vive en tus entrañas, o pensar si acaso esa personita será alguien con quien pueda sentirme plácida. Pero el deseo de proyectarse es más fuerte que el terror al fracaso. Si lo pienso, de alguna manera mi hija será una proyección de mí; en ella he proyectado esas ganas de enfrentarme a la posibilidad de concretar un proyecto. Y aunque yo aun soy criatura de papel, en el cuerpo al que he dado calor y sustento desde mis visceras he suspendido el terror a la imposibilidad de ser madre. Y sí, porque aun soy una criatura de papel es que deseo proyectarme en un libro. Pero las leyes de la fascinación producen esquemas geométricos rígidos, y ya sabemos que la rigidez produce esterilidad. Si René Girárd tiene razón, hablamos de que nuestras obsesiones pueden cegarnos ante la imposibilidad de mirar más allá de la pared que forma el cubo de nuestra percepción.Por ejemplo, el amor no correspondido ante la imposibilidad de ser completado, se traduce en una obsesión que puede transformar a quiénes se encuentran insertados en un tipo de trama triangular, los enferma porque los deseos de maneras inversas se trasladan a cada uno de sus miembros: al despechado, al objeto de deseo y al depositario de ese amor del objeto de deseo que no puede o no quiere ceder al amor del despechado por estar prendado del otro. Esta digresión se justifica porque muchas veces siento que mi amor por la escritura se plantea en una trama triangular de desamor puro. En primer termino me agobio porque no puedo escribir como desearía, o porque no me parece tener el alcance prosístico de otras colegas, o porque no logro traducir que fondo es forma. Corte b llego a la fase de la obsesión y es entonces cuando todo va volviéndose rígido, el bloqueo primero llega a mis dedos y después a mis ideas. Leo mucho, es cierto, pero no consigo escribir nada.Y claro, no logro producir nada, y solamente un tremendo silencio llena la ausencia. En estos meses lo que he aprendido de mi experiencia en suma gravidez es el hecho de que solamente es posible seguir una rutina si se hace lo que realmente se quiere hacer. Debo de ser franca y advertir que me ha sido muy complicado ser sincera conmigo y con los demás, no he logrado admitir de manera simple que no pretendo hacer otra cosa en la vida que leer, escribir, criar a mi hija, dar clases y nada más. De verdad me he saboteado miles de veces, por algún estúpido atavismo, como todos, temiendo un juicio sobre mi espíritu pequeño burgués. Quizá el primer momento que intenté esa franqueza fue cuando entré a la Fundación, pero luego la vida y las necesidades me remitieron a alejarme mucho de la escritura. Después la revelación llegó cuando leí Escritos para desocupados de Vivian Abenshushan, sobre todo "Diario de una vida flotante" y "Notas sobre los enfermos de velocidad". Vivian plantea que el ejercicio ensayístico y la lectura son maneras de curarnos de los males que nos producen el trabajo, el conteo de horas hombre y en sí, todos los vicios del capitalismo salvaje. Admite que el primer paso es darse tiempo, proyectarse en la lentitud del ocio y que el ensayo puede ayudar a parar ese tiempo.
Tal vez eso hace el ensayo: contrastar las velocidades. Se detiene en seco para que podamos advertir nuestro exceso de velocidad.
Pero después entré al doctorado y volví a enredarme en la cadena del capital y la beca CONACYT. No puedo admitir que amo profundamente a la sociología, pero si que le tengo mucho cariño a mi tesis y a mi tema de investigación, sin embargo volví a bloquearme de nuevo y a seguir buscando diques que nublen mi vista y a seguir quejándome de que quizá nunca publique y a sentirme lastimada por ese amor no correspondido. Pero en estas semanas de ocio, donde el fin de mi proyección corpórea se anuncia con cansancio y volumen descarado, me he dado el espacio para pensar las cosas antes del arribo de Vida... La verdad es que no deseo mentirle a ella, tanto o más de lo que me he mentido a mí pues no me interesa ya el éxito, ni en lo académico, ni en lo económico y para que decir en lo literario. Toqué fondo y ante eso, lo único que deseo en la vida, aunque jamás logre mucho o no vea concretada mi proyección en papel es tener el tiempo para leer, escribir y sonreír con Vida.