Noticias desde Liverpool 16, ¡Entérese!
Hace unos días que la idea del oficio de ser escritora y el del trabajo político me viene dando una vuelta tan álgida que el mareo producido me paralizó 24 horas, luego de saber los resultados de la votación en mi país. El gabinete blanco de la duda se extendió durante toda una noche. Al día siguiente, al encontrarme con mis iguales en pleno reclamo político, todo volvió, como la propia marcha, a encontrar en el camino una alineación de mis ideas.
Existe una condición particular desde la marcación de escritora que me permite considerarme como sujeta política. Mi condición de género me da el poder a través de mis lineas de consignar incluso lo que observo en mi cotidiano, aquello que veo no sólo obstaculiza sino trata de eliminar los intereses, derechos y obligaciones de la sociedad en general. Esa es mi posición y desde luego atiendo a aquellas que consideran una condición no subjetiva, sino totalmente individual de la escritura. Esa concepción del arte es totalmente válida, políticamente correcta.
Sin embargo, en mi caso como establezco este lugar o mejor dicho no-lugar político, es el momento de revisar un par de aspectos significativos en el trabajo de la escritura. En la siguiente entrega definiré el aspecto de la intimidad, bien orientado por Alan Pauls en su texto El fondo de los fondos, pero acá me parece importante definir ese lugar complejo.
El hecho de que la escritura siga siendo un trabajo no sólo poco valorado a nivel general, es ya de por sí alarmante. La postura es normativizada por diversos círculos sociales, incluso académicos, donde la literatura no es un espacio por sí mismo contemplado como una carrera, un oficio. Resulta risible cuando en diversos momentos he escuchado y leído que son espacios para las mujeres. Incluso en espacios no cercanos a las humanidades y las artes, determinan que es una cuestión de género y justo el femenino es el que debe establecerse en esos lugares. Desde luego es una apreciación errónea, además de sexista, pues no es un secreto que aun en esta época pocas, muy pocas mujeres nos colocamos ante la vida social como escritoras, sin mencionar el hecho de que todavía son menos quienes logran publicar en revistas o editoriales "prestigiosas" sus novelas, ensayos, poemarios y libros de cuentos. Si bien es mayor el numero mujeres que cada año logran publicar, aun el mundo editorial sigue siendo un mundo masculino, cerrado y clasista.
El costo más allá de que no exista un número nutrido de libros y artículos hechos por muchas más mujeres, otras que no sean las de siempre, genera una tensión entre los círculos literarios femeninos, misma que no sólo logra cerrar a manera de protección la postura ante el otro género, sino a nublar la percepción y seguir cayendo en arcaísmos del femenino. Establecen algunas incluso, un mujerismo insultante.
En 1938 Virginia Woolf publica Tres guineas, ensayo literario donde confronta su intención política frente a la condición de la guerra y sus causas. Entre las muchas cosas que diferencían a esta obra en la historia literaria del siglo XX, es el hecho de objetar que muchos de los costos sociales y políticos por los que atraviesa la humanidad se debe precisamente a la falta de acceso de las mujeres a las universidades, así como a la mejora de la educación en las universidades femeninas. Con giros lingüisticos y un estilo epistolar Woolf se atreve a cuestionar duramente el sistema paternalista y capitalista que no hace sino conducir a la sociedad a un verdadero caos y desgobierno de sí. Sin embargo la autora de The waves, no sólo cuestiona o crítica la postura del sistema occidental masculino, no sólo se limita a criticar a la clase monárquica inglesa, pues realiza duras críticas y análisis al sistema fascista de otros países resultado de que su hermano muera en la Guerra civil española, conduce como sólo una persona congruente puede hacerlo a una alternativa.
En el tercer capítulo de Tres guineas crea a través de la innovadora figura de los otros, de las outsiders, una postura de cómo crear otra sociedad fuera de los aparatos ideológicos y las máquinas deseantes masculinas. La sociedad de las outsiders se establecería como una sociedad donde se tomarían otras vías que no fueran las bélicas para llevar al crecimiento humano de esa sociedad tan golpeada por la guerra y el deseo de acrecentar las economías personales. Es clara la postura de Virginia al determinar que ella se desmarca de la condición de tener una patria, una por la que se deba luchar, pues su condición de mujer le permite observar una condición universal, humanista de lo que puede ser el bienestar común, los derechos de igualdad y fraternidad más allá de las fronteras y lo géneros.
En estos momentos parece necesario no sólo revisitar dichas ideas y el concepto en sí de las outsiders, sino apropiárnoslo y refrescarlo. Una sociedad contemporánea de las outsiders, permitiría la confrontación de la condición de mujeres frente a los aparatos ideológicos del Estado y de los círculos cerrados, masculinos o femeninos, para ingresar en este caso desde la literatura a la posición crítica de la sociedad. Sería como promover las subjetividades, que no es lo mismo que el individualismo, en los marcos de interpretación social, donde la acción política a través de la praxis estética pronunciaría de primera mano, quitar las fronteras del género y después, las erróneas lecturas frente a la conciencia de clase. Un espacio donde hombres y mujeres son necesarios para la producción de esta nueva sociedad que desde su propia trinchera, sale del proceso de la intimidad propicia para el ejercicio de la escritura, para entablar con el otro ese diálogo tan necesario en estos momentos de gran intensidad política. Las outsiders (hombres y mujeres) salen a las calles y reclaman su derecho de participación política; crean la lengua en otra lengua, narran la historia literaria y política de este país.
Artefacto creado para desplazar todo aquello que no tendría ninguna otra oportunidad de ser compartido.
martes, 3 de julio de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
El oficio de ser escritora. Primera parte.
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En otros momentos he hablado sobre la mediana salud, casi buena, con la que cuenta la literatura de mi generación. Cada día mi optimismo crece más pues me encuentro inmersa en una casa donde veinticinco escritores en ciernes, vamos desplegando nuestros mundo paralelos. Casi nunca hablo de mi experiencia en la Fundación para las Letras Mexicanas. Prefiero llamarla casa de escritores. En estos meses y en mi sexo fortuito con el teclado y la pluma, me he topado con diversas formas de recrear la lengua, bajo la idea de la literatura como la invención de una lengua dentro de la lengua. Si no somos cápaces de crear la poiesis, qué seríamos, sino unos esquizofrénicos que dicen que escriben y no pasan de insertar documento nuevo, que leen y nunca pasan de la página 2 de la primera parte de En busca del tiempo perdido de Proust, a lo mejor de las primeras 10 páginas de 2666. Seríamos como ese cuento de Monterroso, Leopoldo y sus trabajos, nunca podríamos escribir y, sin embargo nos llamaríamos elegantemente escritores.
El cómo una se hace escritora, sigue siendo todo un misterio. No podría explicar en qué momento ocurrió, sólo sé que un buen día tomé mis cosas, me despedí de la academía y comencé a trasladar mis historias a hojas de papel. Así, sólo así. No es raro ese camino, Susan Sontag hizo la misma cosa e incluso apunta que al final, sentía que la academía no la dejaba expandir sus ideas. Sin embargo no deseo hablar de falsas dicotomías, mucho menos de correspondencias erróneas, uno es escritor y ya. A lo mejor, la única primicia que tengo es la invención del escritor en la medida en que a diario, como cualquier otro oficio, la construye sin parar, hasta que una buena noche, si es posible con ginebra o un shiraz, Thelonius Monk de fondo y un par de gatas coquetas y festivas, consigues tu propia vida, la escritura como el único fin.
En otros momentos he hablado sobre la mediana salud, casi buena, con la que cuenta la literatura de mi generación. Cada día mi optimismo crece más pues me encuentro inmersa en una casa donde veinticinco escritores en ciernes, vamos desplegando nuestros mundo paralelos. Casi nunca hablo de mi experiencia en la Fundación para las Letras Mexicanas. Prefiero llamarla casa de escritores. En estos meses y en mi sexo fortuito con el teclado y la pluma, me he topado con diversas formas de recrear la lengua, bajo la idea de la literatura como la invención de una lengua dentro de la lengua. Si no somos cápaces de crear la poiesis, qué seríamos, sino unos esquizofrénicos que dicen que escriben y no pasan de insertar documento nuevo, que leen y nunca pasan de la página 2 de la primera parte de En busca del tiempo perdido de Proust, a lo mejor de las primeras 10 páginas de 2666. Seríamos como ese cuento de Monterroso, Leopoldo y sus trabajos, nunca podríamos escribir y, sin embargo nos llamaríamos elegantemente escritores.
El cómo una se hace escritora, sigue siendo todo un misterio. No podría explicar en qué momento ocurrió, sólo sé que un buen día tomé mis cosas, me despedí de la academía y comencé a trasladar mis historias a hojas de papel. Así, sólo así. No es raro ese camino, Susan Sontag hizo la misma cosa e incluso apunta que al final, sentía que la academía no la dejaba expandir sus ideas. Sin embargo no deseo hablar de falsas dicotomías, mucho menos de correspondencias erróneas, uno es escritor y ya. A lo mejor, la única primicia que tengo es la invención del escritor en la medida en que a diario, como cualquier otro oficio, la construye sin parar, hasta que una buena noche, si es posible con ginebra o un shiraz, Thelonius Monk de fondo y un par de gatas coquetas y festivas, consigues tu propia vida, la escritura como el único fin.
lunes, 21 de mayo de 2012
Amor que se mide en calles...
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Parece increíble que durante más de ocho años me he dedicado a hablar sobre la ciudad. Cuando dimensiono lo que he hecho en sus múltiples espacios e intesticios, evidentemente no me parece tan arriesgado pronunciar para ella un amor tan desafiante como el que se le ofrece a un o una amante que en el fondo, se sabe su pérdida. La única primicia que tengo es que de ella no podré zafarme nunca... mejor así.
En ella he pasado mis grandes gozos, en sus avenidas disfruté de la compañia paterna relatándome sus historias sobre su infancia. Sobre las vitrinas de sus dulcerías experimenté el noble deleite de llevarme a la boca la primera pepitoria, tan dulce como la que relata Gonzalo Celorio en su novela, Y retiemble en sus centros la tierra. Al interior de sus cantinas he dejado mis vociferantes carcajadas y también mis memorias con sal de tristeza que escarchan una bola oscura y fría. En los espejos de sus hoteles contemplé los primeros planos de la penumbra amorosa, por sus almacenes se ha deslizado mi hálito capitalista, incluso lumpenburgués y en sus librerias aprendí la condición del verdadero amor al compartir con mi padre los primeros rasgos del deseo de ser escritora. Una experiencia en general quizá alejada de mi generación; puede que en mi memoria existan más lugares e imágenes, pero lo cierto es que son las únicas que edifican una conexión fuerte en mi tránsito vital.
No podría ser de otra forma. Y aunque en mis textos un recubrimiento negro envuelve el deseo constante de quererla poseer, entiendo que debo ejercer la educación sentimental que he obtenido desde mi adolescencia de Patti Smith, déjala libre, si regresa, es tuya. Es cuando pienso que cargo en el cuerpo, en mis residuos, en mis letras, la dádiva del amor que siempre está en falta, esa misma que me hace extrapolar mi deseo, mis fantasías hasta materializarlas en lo único que me pertenece, aunque sea por un breve tiempo, mi escritura.
Parece increíble que durante más de ocho años me he dedicado a hablar sobre la ciudad. Cuando dimensiono lo que he hecho en sus múltiples espacios e intesticios, evidentemente no me parece tan arriesgado pronunciar para ella un amor tan desafiante como el que se le ofrece a un o una amante que en el fondo, se sabe su pérdida. La única primicia que tengo es que de ella no podré zafarme nunca... mejor así.
En ella he pasado mis grandes gozos, en sus avenidas disfruté de la compañia paterna relatándome sus historias sobre su infancia. Sobre las vitrinas de sus dulcerías experimenté el noble deleite de llevarme a la boca la primera pepitoria, tan dulce como la que relata Gonzalo Celorio en su novela, Y retiemble en sus centros la tierra. Al interior de sus cantinas he dejado mis vociferantes carcajadas y también mis memorias con sal de tristeza que escarchan una bola oscura y fría. En los espejos de sus hoteles contemplé los primeros planos de la penumbra amorosa, por sus almacenes se ha deslizado mi hálito capitalista, incluso lumpenburgués y en sus librerias aprendí la condición del verdadero amor al compartir con mi padre los primeros rasgos del deseo de ser escritora. Una experiencia en general quizá alejada de mi generación; puede que en mi memoria existan más lugares e imágenes, pero lo cierto es que son las únicas que edifican una conexión fuerte en mi tránsito vital.
No podría ser de otra forma. Y aunque en mis textos un recubrimiento negro envuelve el deseo constante de quererla poseer, entiendo que debo ejercer la educación sentimental que he obtenido desde mi adolescencia de Patti Smith, déjala libre, si regresa, es tuya. Es cuando pienso que cargo en el cuerpo, en mis residuos, en mis letras, la dádiva del amor que siempre está en falta, esa misma que me hace extrapolar mi deseo, mis fantasías hasta materializarlas en lo único que me pertenece, aunque sea por un breve tiempo, mi escritura.
lunes, 14 de mayo de 2012
Frente a la búsqueda de la libertad soberana
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Sobre una libertad soberana II
En tiempos caóticos como los que vivimos desde el inicio, las inseguridades abundan en el plano del conocimiento social, así como en el de nosotros mismos. Nada nuevo se vislumbra en el panorama de las intersubjetividades: al parecer una de las muestras que marcan la fractura de los diversos procesos de conocimiento es la falta de libertad que el actor social tiene para exponer, de manera deliberada, su verdadera posición frente al mundo.
George Bataille nunca se equivocó en dilucidar las formas de extrañamiento que produce la verdad sobre la condición humana. Desde una percepción hegeliana, la búsqueda por dicha verdad fue para Bataille una necesidad de primer orden, al observar luego de dos hechos históricos altamente violentos y deshumanizantes, el componente social del interdicto y la ruptura. Nadie quiere aceptar que en nosotros convive la parte maldita, el deseo y la pulsión de violencia, como también nos cuesta trabajo aceptar la cuestión del amor y la conciencia de lo bello, aún en lo terrible.
Es posible observar desde sus textos, ya de por sí clásicos, el terror que produce la autoaceptación y sobre todo el poder vivir tranquilos, incluso felices con ello. Desde el instante que el buen George escribió El erotismo, han pasado casi sesenta años, tiempo donde las cosas han tomado un relieve nada alentador. No sólo en cuanto a la condición de la subjetividad respecto a la transgresión, sino en sí respecto a la biopolítica tan bien concertada por Foucault.
La condición del hombre, mujer, respecto a su psique y su cuerpo, conlleva un trabajo de reconocimiento e incluso de exposición frente al otro, nódulo integrador para que se lleve a cabo el interdicto y la transgresión. Desde luego que la socialización de dicho conocimiento o reconocimiento, recrea muchas veces el miedo de no poder ser comprendido, incluso el de poder ser parte de la comunidad, en un nivel de aceptación total. Somos lo que hay, y así como es expuesto de una forma particular en la película de Jorge Michel Grau, la imagen de lo que realmente podemos llegar a ser, hasta la última consecuencia, puede volvernos objeto de morbo, asco o una total incomprensión.
Al final, en el rescoldo de nuestra conciencia no debemos de dejar de lado lo que nos conforma como seres sociales: lo bueno, lo malo, las cicatrices, los llantos, las alegrías y la búsqueda perpetua del yo es un hecho al que no podemos darle la espalda.
La libertad soberana es uno de los retos que como colectividad deberíamos de tomar en cuenta, ésta se cifra en el pleno reconocimiento de quienes somos y, uno de los elementos primigenios es la conciencia del cuerpo en que nacimos y del que nosotros con la experiencia de vida vamos construyendo. Guadalupe Nettel en su novela El cuerpo en que nací, lo expone con la mayor sensibilidad y sosiego que cualquiera de su generación en México:
Sobre una libertad soberana II
En tiempos caóticos como los que vivimos desde el inicio, las inseguridades abundan en el plano del conocimiento social, así como en el de nosotros mismos. Nada nuevo se vislumbra en el panorama de las intersubjetividades: al parecer una de las muestras que marcan la fractura de los diversos procesos de conocimiento es la falta de libertad que el actor social tiene para exponer, de manera deliberada, su verdadera posición frente al mundo.
George Bataille nunca se equivocó en dilucidar las formas de extrañamiento que produce la verdad sobre la condición humana. Desde una percepción hegeliana, la búsqueda por dicha verdad fue para Bataille una necesidad de primer orden, al observar luego de dos hechos históricos altamente violentos y deshumanizantes, el componente social del interdicto y la ruptura. Nadie quiere aceptar que en nosotros convive la parte maldita, el deseo y la pulsión de violencia, como también nos cuesta trabajo aceptar la cuestión del amor y la conciencia de lo bello, aún en lo terrible.
Es posible observar desde sus textos, ya de por sí clásicos, el terror que produce la autoaceptación y sobre todo el poder vivir tranquilos, incluso felices con ello. Desde el instante que el buen George escribió El erotismo, han pasado casi sesenta años, tiempo donde las cosas han tomado un relieve nada alentador. No sólo en cuanto a la condición de la subjetividad respecto a la transgresión, sino en sí respecto a la biopolítica tan bien concertada por Foucault.
La condición del hombre, mujer, respecto a su psique y su cuerpo, conlleva un trabajo de reconocimiento e incluso de exposición frente al otro, nódulo integrador para que se lleve a cabo el interdicto y la transgresión. Desde luego que la socialización de dicho conocimiento o reconocimiento, recrea muchas veces el miedo de no poder ser comprendido, incluso el de poder ser parte de la comunidad, en un nivel de aceptación total. Somos lo que hay, y así como es expuesto de una forma particular en la película de Jorge Michel Grau, la imagen de lo que realmente podemos llegar a ser, hasta la última consecuencia, puede volvernos objeto de morbo, asco o una total incomprensión.
Al final, en el rescoldo de nuestra conciencia no debemos de dejar de lado lo que nos conforma como seres sociales: lo bueno, lo malo, las cicatrices, los llantos, las alegrías y la búsqueda perpetua del yo es un hecho al que no podemos darle la espalda.
La libertad soberana es uno de los retos que como colectividad deberíamos de tomar en cuenta, ésta se cifra en el pleno reconocimiento de quienes somos y, uno de los elementos primigenios es la conciencia del cuerpo en que nacimos y del que nosotros con la experiencia de vida vamos construyendo. Guadalupe Nettel en su novela El cuerpo en que nací, lo expone con la mayor sensibilidad y sosiego que cualquiera de su generación en México:
El cuerpo en que nacimos no
es el mismo en el que dejamos el mundo. No me refiero sólo a la infinidad de
veces que mutan nuestras células, sino a sus rasgos más distintivos, esos
tatuajes y cicatrices que con nuestra personalidad y nuestras convicciones le
vamos añadiendo, a tientas, como mejor podemos, sin orientación ni tutorías.
Las palabras de Nettel rescatan entonces, ese halo de aceptación de nosotros mismos como entes que requieren ante todo, la autoaceptación para poder entonces entablar las relaciones, acuerdos, prácticas y sobre todo, la práxis de la libertad soberana, que tantas veces queda traspuesta bajo la túnica del deber ser. El cuerpo en el que nací es un cuerpo recubierto de cicatrices que conllevan a una memoria de lucha y búsqueda por la felicidad y el conocimiento: así soy y así desde mi percepción social, me represento.
miércoles, 25 de abril de 2012
Gran hotel
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El hotel ha sido uno de los grandes temas en la literatura universal. Sea como espacio donde transcurre la acción de la obra o incluso como un personaje, el hotel sigue siendo uno de los lugares más nombrados en la literatura contemporánea. Recuerdo el hotel con el que inicia su relato Bataille en su novela El azul del cielo, un lugar donde las prohibiciones quedan extraviadas tras la puerta del elevador; la candente violencia se sitúa en ese espacio liminal, donde la protagonista está inmersa en la transgresión de la vida burguesa.
Pienso que la particularidad del hotel recae en los sucesos que quedan atrapados en ese sitio. Todo lo que pase en esas cuatro paredes, queda resguardado para cuando la memoria desee sacar lo ocurrido: las acciones más gozosas, pero también las más dolorosas se dan cita en este lugar. Los amores pasados dan rienda suelta a su carnalidad frente a grandes espejos puestos frente o junto a la cama; los cristales de las regaderas se empañan al ritmo de los vapores que emanan de la escena. De igual forma los hoteles e incluso hostales que registran el paso del viajero, logran mapear sus experiencias en rutas que abarcan distancias medidas en millas, extensiones que logran alargar lo que se quiere dejar atrás.
El hotel articula esa conexión entre quien duerme, aunque sea una sola noche, y la experiencia que se rescata del lugar en turno. Nathalie de Saint Phalle en su libro Hoteles literarios destaca "el viaje no es a menudo sino una huida, mientras que la lectura es un viaje en sí." El hotel y la literatura para el viajero parecen ser las llaves para ese éxodo al centro de uno mismo. Paradojas del destino, por más que deseemos escapar, de todos y de nosotros mismos, en algún cruce de la ruta el lugar y la narrativa nos internan en el lugar que hemos dejado a kilómetros.
Sin embargo, existen también las experiencias de dolor y desasosiego que se delinean al atravesar la puerta del cuarto asignado. Sophie Calle lo detalla en su pieza Exquisite Pain, en la cual representa el dolor de la soledad y el desaliento experimentado al sostener una ruptura con su pareja quien la acompañó en un viaje de noventa y dos días. Sophie logra a través de la imagen relatar ese circuito de dolor que logra representar de diversas formas lo que ha repasando constantemente.
Si bien la globalización y las grandes cadenas de hoteles han desarticulado el concepto de intimidad, que en los viajes muchas veces se dibuja melancólica, los hoteles sin marca registrada siguen dejando una cicatriz profunda en la memoria de sus moradores. El dolor, el placer o simplemente el deseo de sentir unas sábanas que por una noche nos resguardaran del pasado o de la cotidianidad compartida, son los rasgos que atraviesan nuestra memoria a largo plazo.
Así desde la experiencia del viajero, del amante o simplemente de quien desea un refugio, el hotel es el espacio que sigue vigente en la memoria de cualquier cuerpo deseante.
El hotel ha sido uno de los grandes temas en la literatura universal. Sea como espacio donde transcurre la acción de la obra o incluso como un personaje, el hotel sigue siendo uno de los lugares más nombrados en la literatura contemporánea. Recuerdo el hotel con el que inicia su relato Bataille en su novela El azul del cielo, un lugar donde las prohibiciones quedan extraviadas tras la puerta del elevador; la candente violencia se sitúa en ese espacio liminal, donde la protagonista está inmersa en la transgresión de la vida burguesa.
Pienso que la particularidad del hotel recae en los sucesos que quedan atrapados en ese sitio. Todo lo que pase en esas cuatro paredes, queda resguardado para cuando la memoria desee sacar lo ocurrido: las acciones más gozosas, pero también las más dolorosas se dan cita en este lugar. Los amores pasados dan rienda suelta a su carnalidad frente a grandes espejos puestos frente o junto a la cama; los cristales de las regaderas se empañan al ritmo de los vapores que emanan de la escena. De igual forma los hoteles e incluso hostales que registran el paso del viajero, logran mapear sus experiencias en rutas que abarcan distancias medidas en millas, extensiones que logran alargar lo que se quiere dejar atrás.
El hotel articula esa conexión entre quien duerme, aunque sea una sola noche, y la experiencia que se rescata del lugar en turno. Nathalie de Saint Phalle en su libro Hoteles literarios destaca "el viaje no es a menudo sino una huida, mientras que la lectura es un viaje en sí." El hotel y la literatura para el viajero parecen ser las llaves para ese éxodo al centro de uno mismo. Paradojas del destino, por más que deseemos escapar, de todos y de nosotros mismos, en algún cruce de la ruta el lugar y la narrativa nos internan en el lugar que hemos dejado a kilómetros.
Sin embargo, existen también las experiencias de dolor y desasosiego que se delinean al atravesar la puerta del cuarto asignado. Sophie Calle lo detalla en su pieza Exquisite Pain, en la cual representa el dolor de la soledad y el desaliento experimentado al sostener una ruptura con su pareja quien la acompañó en un viaje de noventa y dos días. Sophie logra a través de la imagen relatar ese circuito de dolor que logra representar de diversas formas lo que ha repasando constantemente.
Si bien la globalización y las grandes cadenas de hoteles han desarticulado el concepto de intimidad, que en los viajes muchas veces se dibuja melancólica, los hoteles sin marca registrada siguen dejando una cicatriz profunda en la memoria de sus moradores. El dolor, el placer o simplemente el deseo de sentir unas sábanas que por una noche nos resguardaran del pasado o de la cotidianidad compartida, son los rasgos que atraviesan nuestra memoria a largo plazo.
Así desde la experiencia del viajero, del amante o simplemente de quien desea un refugio, el hotel es el espacio que sigue vigente en la memoria de cualquier cuerpo deseante.
domingo, 15 de abril de 2012
La casa de los niños perdidos
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Ocurrió hace años, sin embargo aún mantengo un exacto recuerdo de los hechos. Todos entraban a su casa, los conocidos, los desconocidos, los que tenían un nombre, los que sólo tenían una hermosa sonrisa, de esas que te hacen recordar el ocaso de la felicidad y ahí estaba ella... La chica Gin gin, con su mirada colocada en el centro de la acción, sonriendo como si ya de antemano ella supiera lo que ocurriría luego de que se terminará la botella.
Fuera de ser una femme fatale, Gin gin simplemente giraba con el peso del tiempo de un lugar a otro, hasta que la pesadez de su cuerpo, aún informe, se constituyera con el peso de otro ser que deambulara por las mismas coordenadas donde sus delirios se encontraran.
Cada noche, las risas se escuchaban desde los diversos rincones de la casa. El chocar de los vasos y de las botellas eran la cantaleta: la canción de cuna de los invitados. Gin gin, la Wendy de los cuentos para niños, la lolita desfasada ya por el peso de las experiencias, aguardaba el instante para poder ver el ocaso, el que fuera, el de la ciudad, el de su vida; el de la fiesta y el de sus invitados, incluidos claro.
Sin embargo no hay ocaso digno de contar sin un preludio excitante, sin algo que nos conduzca al deseo de la explosión.
Ahí como en otra noche, la acción se concentraba en el vibrar de las cuerdas vocales de algunos que recitaban la oda a la felicidad infantil; las horas apremian cuando en la mesa ya sólo quedan dos cervezas y no hay los suficientes recursos para ir por la siguiente carga. Y ahí estaba ella, ahí con nosotros, viendo como la vida está a punto de aparecer para el fin que a cada uno le venga en gana, para sonreírse con ella y verla a la cara, para escupirla y pensar en lo que no será posible... o simplemente para esperar el cenit.
La música sonaba bien fuerte, como si los chicos se hubieran convertido en ancianos y no pudieran escuchar con claridad lo que ocurre en su entorno. Quizá son los acercamientos con el final lo que nos hace sentir más vivos y mientras sucede, a nadie le viene mal unos decibeles que nos hagan disipar el sentido de las palabras que pronunciamos mientras apuramos el trago en turno. Y así fue, hasta que sólo quedaba una cerveza, y cuatro chicos además de ella. Los otros yacían fundidos sobre la alfombra de la sala, como un conmovedor estampado de caritas soñolientas, babeantes incluso. Sus facciones formaban patrones de la inocencia encontrada de nuevo, sólo los seres más despreciables mientras duermen no poseen un rostro cuasi angelical. Los cuatro chicos esperaban la venida de los primeros rayos del sol, con un ojo viendo la botella y el otro en el centro de sus sueños, lo que hacía que uno a uno comenzará a balbucear lo que les haría felices. El sexo e incluso la fama, estuvieron presentes en el registro de la sonata atonal en plena madrugada. Afuera los sonidos de la noche empezaban a enrarecer la habitación, pues el mundo fuera de la casa era el significado de la pesadez del ser, la nula vida que aborda una patrulla y restringe el paso al deseo de vivir tranquilo. La cumbia de los tugurios cercanos y la oscuridad disipada por las luces, conducían a un deseo de no querer salir nunca de esa casa... pero la botella iba a la mitad.
Media caguama y todo el peso de la otra vida, la real, ingresaría con todas sus fuerzas hasta el lugar donde ellos yacían. Gin gin ya sentía ese calor que se difumina en toda la extensión de su cuerpo una vez reposado el liquido ambarino. La cálida sensación de sentir que el cuerpo no puede seguir flotando todo el tiempo, que necesita un ancla para sostenerse o por lo menos, otro cuerpo que comparta el agobio de ver pasar los años y no entender de qué demonios se trata esto.
Y entonces ocurrió, el chico de a lado dio un trago tan grande que sólo quedaba quizá un tercio de lo que le cabría a un vaso común; los otros dos lo miraron con recelo, primer síntoma de que el viaje de retorno comenzará en unos minutos, pero Gin gin miraba aún hacía adentro, estaba colocada.
Siguieron hablando, el gesto típico para alejar a la realidad o prolongar la existencia. Ya no tenía sentido el discurso, que si la poesía de fulanito, que las piernas de esa chica, -cúal, ¿la que iba con nosotros en la clase?- que si no hay futuro, que si mis papás no entienden las expectativas que tengo con mi escritura, -wey, ¿sigues escribiendo cuentos?-, que si las piernas de la chica estaban chidas, -qué te pasa, estaban medio chuecas- que si no lees a Joyce en inglés no lograrás entenderlo, y así se fueron vertiendo las últimas horas, hasta que Gin gin tomó la botella y luego de ese último trago, el amanecer entró por la ventana iluminándola, dejando traslucir el líquido ambarino que ella había tomado.
Yo salí del baño, los brillos despertaron a los demás que aún roncaban. Ella salió al balcón, miró la calle, con los barrenderos y la hora de las mañanitas de fondo y se fue levitando, lejos de la casa de los niños, dejándonos con la sensación de correr y escondernos.
Ocurrió hace años, sin embargo aún mantengo un exacto recuerdo de los hechos. Todos entraban a su casa, los conocidos, los desconocidos, los que tenían un nombre, los que sólo tenían una hermosa sonrisa, de esas que te hacen recordar el ocaso de la felicidad y ahí estaba ella... La chica Gin gin, con su mirada colocada en el centro de la acción, sonriendo como si ya de antemano ella supiera lo que ocurriría luego de que se terminará la botella.
Fuera de ser una femme fatale, Gin gin simplemente giraba con el peso del tiempo de un lugar a otro, hasta que la pesadez de su cuerpo, aún informe, se constituyera con el peso de otro ser que deambulara por las mismas coordenadas donde sus delirios se encontraran.
Cada noche, las risas se escuchaban desde los diversos rincones de la casa. El chocar de los vasos y de las botellas eran la cantaleta: la canción de cuna de los invitados. Gin gin, la Wendy de los cuentos para niños, la lolita desfasada ya por el peso de las experiencias, aguardaba el instante para poder ver el ocaso, el que fuera, el de la ciudad, el de su vida; el de la fiesta y el de sus invitados, incluidos claro.
Sin embargo no hay ocaso digno de contar sin un preludio excitante, sin algo que nos conduzca al deseo de la explosión.
Ahí como en otra noche, la acción se concentraba en el vibrar de las cuerdas vocales de algunos que recitaban la oda a la felicidad infantil; las horas apremian cuando en la mesa ya sólo quedan dos cervezas y no hay los suficientes recursos para ir por la siguiente carga. Y ahí estaba ella, ahí con nosotros, viendo como la vida está a punto de aparecer para el fin que a cada uno le venga en gana, para sonreírse con ella y verla a la cara, para escupirla y pensar en lo que no será posible... o simplemente para esperar el cenit.
La música sonaba bien fuerte, como si los chicos se hubieran convertido en ancianos y no pudieran escuchar con claridad lo que ocurre en su entorno. Quizá son los acercamientos con el final lo que nos hace sentir más vivos y mientras sucede, a nadie le viene mal unos decibeles que nos hagan disipar el sentido de las palabras que pronunciamos mientras apuramos el trago en turno. Y así fue, hasta que sólo quedaba una cerveza, y cuatro chicos además de ella. Los otros yacían fundidos sobre la alfombra de la sala, como un conmovedor estampado de caritas soñolientas, babeantes incluso. Sus facciones formaban patrones de la inocencia encontrada de nuevo, sólo los seres más despreciables mientras duermen no poseen un rostro cuasi angelical. Los cuatro chicos esperaban la venida de los primeros rayos del sol, con un ojo viendo la botella y el otro en el centro de sus sueños, lo que hacía que uno a uno comenzará a balbucear lo que les haría felices. El sexo e incluso la fama, estuvieron presentes en el registro de la sonata atonal en plena madrugada. Afuera los sonidos de la noche empezaban a enrarecer la habitación, pues el mundo fuera de la casa era el significado de la pesadez del ser, la nula vida que aborda una patrulla y restringe el paso al deseo de vivir tranquilo. La cumbia de los tugurios cercanos y la oscuridad disipada por las luces, conducían a un deseo de no querer salir nunca de esa casa... pero la botella iba a la mitad.
Media caguama y todo el peso de la otra vida, la real, ingresaría con todas sus fuerzas hasta el lugar donde ellos yacían. Gin gin ya sentía ese calor que se difumina en toda la extensión de su cuerpo una vez reposado el liquido ambarino. La cálida sensación de sentir que el cuerpo no puede seguir flotando todo el tiempo, que necesita un ancla para sostenerse o por lo menos, otro cuerpo que comparta el agobio de ver pasar los años y no entender de qué demonios se trata esto.
Y entonces ocurrió, el chico de a lado dio un trago tan grande que sólo quedaba quizá un tercio de lo que le cabría a un vaso común; los otros dos lo miraron con recelo, primer síntoma de que el viaje de retorno comenzará en unos minutos, pero Gin gin miraba aún hacía adentro, estaba colocada.
Siguieron hablando, el gesto típico para alejar a la realidad o prolongar la existencia. Ya no tenía sentido el discurso, que si la poesía de fulanito, que las piernas de esa chica, -cúal, ¿la que iba con nosotros en la clase?- que si no hay futuro, que si mis papás no entienden las expectativas que tengo con mi escritura, -wey, ¿sigues escribiendo cuentos?-, que si las piernas de la chica estaban chidas, -qué te pasa, estaban medio chuecas- que si no lees a Joyce en inglés no lograrás entenderlo, y así se fueron vertiendo las últimas horas, hasta que Gin gin tomó la botella y luego de ese último trago, el amanecer entró por la ventana iluminándola, dejando traslucir el líquido ambarino que ella había tomado.
Yo salí del baño, los brillos despertaron a los demás que aún roncaban. Ella salió al balcón, miró la calle, con los barrenderos y la hora de las mañanitas de fondo y se fue levitando, lejos de la casa de los niños, dejándonos con la sensación de correr y escondernos.
lunes, 9 de abril de 2012
Fragmentos II: ante la emergencia de nuevas propuestas estéticas.
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Cada cierto tiempo el mundo del arte nos integra a nuevas experiencias estéticas. La historia del siglo XX es la historia de una producción artística rica en propuestas que ayudaron a traducir los cambios sociales, políticos e incluso económicos de las diversas generaciones que hicieron eco más allá de las planicies intelectuales. Susan Sontag en su ensayo editado en 1965, Una cultura y la nueva sensibilidad, expresaba esta necesidad de encontrar no sólo nuevas formas estilísticas, sino también la emergencia de encontrar espacios y públicos que pudieran sumarse a los lenguajes revolucionarios; el quehacer artístico es denotado como una propuesta política donde resulta necesario romper con los ejes de representación sobre los cuales fueron cifrados los cimientos de la cultura occidental. Tres años antes de 1968, la propuesta de diversos creadores toma un rumbo que ayudó a determinar el contexto sociopolítico del mundo en general.
Contemporáneamente podemos leer la propuesta de Sontag con las mismas interrogantes y las mismas necesidades de aquel tiempo: romper paradigmas y enfrentarnos a la búsqueda de otras fronteras e intersticios que ayuden a configurar la cartografía social. En el caso de nuestra literatura, podemos ver a la escritura fragmentaria como una apuesta, nada nueva, por identificar la función del tiempo en el que nos encontramos. El fragmento encuentra en este instante una congruencia, no sólo estilística, sino social donde los lectores se encuentran más acostumbrados a leer mosaicos, recuadros que expresan la historia contemporánea. Valeria Luiselli en su novela Los ingrávidos (Sexto piso, 2011), señala que el mundo editorial pide novelas de largo aliento, sin embargo dado el tiempo en que vivimos, por ejemplo su personaje Narradora no tiene tiempo para escribir de otra forma, resulta una tarea exógena el poder escribir novelones.
No hablamos de escrituras mínimas, de microficciones, haikús o aforismos, sino de estructuras flexibles que se adaptan a las nuevas formas lingüísticas e incluso a las maneras de vivir cotidianamente. Parece ser que el público interesado en leer esta literatura se encuentra en los espacios urbanos donde el tiempo es un rizoma que si bien soporta todas las actividades a las cuales nos enfrentamos, la ramificación consigue concretar, aún en fracciones, un todo, un espacio social.
La experiencia estética que produce la literatura fragmentaria podría leerse incluso, como un soporte congruente con la forma de habitar el mundo, un lugar que suprime la experiencia e introduce al lector a una experimentación, concertándolo como un actor social.
Cada cierto tiempo el mundo del arte nos integra a nuevas experiencias estéticas. La historia del siglo XX es la historia de una producción artística rica en propuestas que ayudaron a traducir los cambios sociales, políticos e incluso económicos de las diversas generaciones que hicieron eco más allá de las planicies intelectuales. Susan Sontag en su ensayo editado en 1965, Una cultura y la nueva sensibilidad, expresaba esta necesidad de encontrar no sólo nuevas formas estilísticas, sino también la emergencia de encontrar espacios y públicos que pudieran sumarse a los lenguajes revolucionarios; el quehacer artístico es denotado como una propuesta política donde resulta necesario romper con los ejes de representación sobre los cuales fueron cifrados los cimientos de la cultura occidental. Tres años antes de 1968, la propuesta de diversos creadores toma un rumbo que ayudó a determinar el contexto sociopolítico del mundo en general.
Contemporáneamente podemos leer la propuesta de Sontag con las mismas interrogantes y las mismas necesidades de aquel tiempo: romper paradigmas y enfrentarnos a la búsqueda de otras fronteras e intersticios que ayuden a configurar la cartografía social. En el caso de nuestra literatura, podemos ver a la escritura fragmentaria como una apuesta, nada nueva, por identificar la función del tiempo en el que nos encontramos. El fragmento encuentra en este instante una congruencia, no sólo estilística, sino social donde los lectores se encuentran más acostumbrados a leer mosaicos, recuadros que expresan la historia contemporánea. Valeria Luiselli en su novela Los ingrávidos (Sexto piso, 2011), señala que el mundo editorial pide novelas de largo aliento, sin embargo dado el tiempo en que vivimos, por ejemplo su personaje Narradora no tiene tiempo para escribir de otra forma, resulta una tarea exógena el poder escribir novelones.
No hablamos de escrituras mínimas, de microficciones, haikús o aforismos, sino de estructuras flexibles que se adaptan a las nuevas formas lingüísticas e incluso a las maneras de vivir cotidianamente. Parece ser que el público interesado en leer esta literatura se encuentra en los espacios urbanos donde el tiempo es un rizoma que si bien soporta todas las actividades a las cuales nos enfrentamos, la ramificación consigue concretar, aún en fracciones, un todo, un espacio social.
La experiencia estética que produce la literatura fragmentaria podría leerse incluso, como un soporte congruente con la forma de habitar el mundo, un lugar que suprime la experiencia e introduce al lector a una experimentación, concertándolo como un actor social.
jueves, 23 de febrero de 2012
Fragmentos I
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
La importancia
del libro reside en la forma en que nos apropiamos de su contenido, en la
trascendencia que la narración establece con nuestra mirada del mundo. Me
gusta pensar que dentro del relato, actuamos como una especie de observadores
participantes; a veces encarnamos a los personajes y compartimos sus miedos,
sus pulsiones, quizá hasta su óptica. En otros instantes, podemos tomar
distancia de la prosa o de la imagen poética para analizar y criticar al texto.
De cualquier manera, estamos atravesados gozosamente por las letras.
Podría decir vagamente que la literatura de mi generación está pasando por buenas épocas, lo cual no es del todo cierto. Digamos que va ganando salud. Quizá siempre ha sido un buen tiempo para la literatura. En el caso de México, hablamos de nuevas apuestas que abren los puentes para la comunicación entre los diversos estilos literarios. Ya no digamos de las formas narrativas, los discursos, incluso de las poéticas y los lenguajes que se van creando con el correr de las páginas; otro campo de gran discusión e importancia (no sólo porque esté de moda sino porque es una realidad tangible), son los usos de las tecnologías y su implicación para generar otros horizontes lingüísticos y recursos plásticos.
Todo ello coincide con la edificación de estructurales flexibles, "novedosas", que se construyen por fragmentos, recortes, post-its. Nada nuevo sobre el relieve letrado, pues es una práctica que se ha preservado en las letras francesas desde el siglo XIX, así como en otras glosas y tradiciones no occidentales. Sin embargo la historia se repite, como se repitió en 1922 con el Ulises de Joyce, como lo persiguió Cortázar, como lo siguió Georges Perec; de la forma en que lo reintrodujo Bolaño, como lo persigue Goran Pétrovic, y como incluso, escritores de mi generación y de mi país como Valeria Luiselli, Isaura Contreras o Luis Jorge Boone, lo redefinen.
Seguimos en contacto, mientras tanto, recolecten sus post-its y notas sueltas.
Seguimos en contacto, mientras tanto, recolecten sus post-its y notas sueltas.
lunes, 13 de febrero de 2012
El espejo roto
Noticias desde Liverpool 16... Entérese!!
En el sello editorial Siruela, existe un libro sobre textos de Clarice Lispector titulado Correo femenino, donde se rescatan diversos artículos que durante más de dos años bajo los seudónimos de Tereza Quadros e Ilka Solares (la identidad de la última queda como ghost writer ya que solares era una famosa actriz y modelo en Brasil), publicó en un par de medios durante la década de los cincuenta. Los temas escritos son básicamente estilo de vida y consejos para mantener la belleza de las mujeres.
A primera vista, las notas pueden parecer cosas nimias, incluso vacuas, sin embargo, al leer con detenimiento encontramos las llaves para entender los relatos de Clarice. Se condensa igualmente un sentido crítico sobre la sociedad brasileña, construida popularmente como física y vanidosa, las diversas figuras y roles desde los que se construyen las mujeres.
El siguiente aspecto relevante, es sugerido a través del cuidado de la edición, así como el continuo ejercicio de la escritora desde otra banda. En el prólogo se indica la suma dedicación con la que Lispector escribía sus columnas; incluso ella misma buscaba y recortaba las imágenes adecuadas para acompañar sus textos, cuando aún la edición era un trabajo artesanal.
Desde mi actual experiencia cotidiana, en la que me enfrento con el teclado y con el desbloqueo de mis ideas, creo fascinante el hecho de que tantas mujeres han podido edificar los caminos de la escritura desde diversas contiendas. Las escenas literarias como sabemos, normalmente son presentadas bajo contextos de misoginia, lugar común en cualquier contexto, lo interesante es observar como se plantea una contienda, sin pudor o censura, para superar los papeles impuestos por la sociedad en general. Es bien sabido que el lugar al que se relega la escritura hecha por mujeres, es ese espacio rosáceo que llaman "escritura femenina", marca registrada que establece que sólo nosotras sabemos escribir acerca de relaciones, lacrimosas la mayoría de las veces, o sobre corporalidades vanas. Quizá sí, muchas han escrito sobre esos temas, aunque igualmente muchos hombres escriben sobre ello y el resultado en ocasiones se resume temible.
Por fortuna, diversos ejemplos siguen revelándose en el presente literario latinoamericano, no obstante el ejemplo de Clarice, resulta un buen inicio para observar que las mujeres no sólo escribimos sobre el "eterno femenino", sino que el espejo se ha roto a partir de la construcción firmemente cincelada de una escritura que regularmente asombra a propias y a extraños.
En el sello editorial Siruela, existe un libro sobre textos de Clarice Lispector titulado Correo femenino, donde se rescatan diversos artículos que durante más de dos años bajo los seudónimos de Tereza Quadros e Ilka Solares (la identidad de la última queda como ghost writer ya que solares era una famosa actriz y modelo en Brasil), publicó en un par de medios durante la década de los cincuenta. Los temas escritos son básicamente estilo de vida y consejos para mantener la belleza de las mujeres.
A primera vista, las notas pueden parecer cosas nimias, incluso vacuas, sin embargo, al leer con detenimiento encontramos las llaves para entender los relatos de Clarice. Se condensa igualmente un sentido crítico sobre la sociedad brasileña, construida popularmente como física y vanidosa, las diversas figuras y roles desde los que se construyen las mujeres.
El siguiente aspecto relevante, es sugerido a través del cuidado de la edición, así como el continuo ejercicio de la escritora desde otra banda. En el prólogo se indica la suma dedicación con la que Lispector escribía sus columnas; incluso ella misma buscaba y recortaba las imágenes adecuadas para acompañar sus textos, cuando aún la edición era un trabajo artesanal.
Desde mi actual experiencia cotidiana, en la que me enfrento con el teclado y con el desbloqueo de mis ideas, creo fascinante el hecho de que tantas mujeres han podido edificar los caminos de la escritura desde diversas contiendas. Las escenas literarias como sabemos, normalmente son presentadas bajo contextos de misoginia, lugar común en cualquier contexto, lo interesante es observar como se plantea una contienda, sin pudor o censura, para superar los papeles impuestos por la sociedad en general. Es bien sabido que el lugar al que se relega la escritura hecha por mujeres, es ese espacio rosáceo que llaman "escritura femenina", marca registrada que establece que sólo nosotras sabemos escribir acerca de relaciones, lacrimosas la mayoría de las veces, o sobre corporalidades vanas. Quizá sí, muchas han escrito sobre esos temas, aunque igualmente muchos hombres escriben sobre ello y el resultado en ocasiones se resume temible.
Por fortuna, diversos ejemplos siguen revelándose en el presente literario latinoamericano, no obstante el ejemplo de Clarice, resulta un buen inicio para observar que las mujeres no sólo escribimos sobre el "eterno femenino", sino que el espejo se ha roto a partir de la construcción firmemente cincelada de una escritura que regularmente asombra a propias y a extraños.
viernes, 10 de febrero de 2012
Una libertad soberana
Noticias desde Liverpool 16... Entérese!!
"Yo soy, pero cambio; luego, no soy, y sin embargo soy... He de sacrificar el principio de contradicción en holocausto. Que los dioses honrados con mi acción me sean propicios y me concedan la gracia de legitimar mi existencia en otros medios." Este es uno de los desdoblamientos que se observan en el libro del colombiano Julian Serna Arango, Heterodoxias, editado por Ediciones sin nombre. Inicio con dicho fragmento, porque despliega una postura que se puso muy de moda a finales de la década de los ochenta, esto es estar seguros de quiénes somos y vivir con ello, incluso hacer que los demás lo acepten, principio de aceptación comunal, en donde todos, minorias de todo tipo, histéricas, anarcopunks, abuelas, todos vivamos como era el sueño de la globalización...
Me viene todo esto, en parte porque nos encontramos en tiempos límite en donde se han prefijado las condiciones para vivir, bajo mandatos poco éticos y sumamente deshumanizantes. Por otro lado, porque creo que las alternativas de vivir bajo la ruina del proyecto neoliberal, posmoderno, hegemónico, occidental recalcitrante, o como usted deseé llamarlo, evidentemente son formas agotadas. Normalmente la filosofía, ha intentado dar explicación, visibilidad y punto de quiebre a los problemas que aquejan al ser humano, incluido el poder vivir con uno mismo, sin embargo no sé cómo pueda resolverse la condición individual si existe la imagen de Pedro Pardo, la cual ha sido seleccionada por la World Press Photo.
Hasta dónde las acciones de los demás nos han encausado a vivir en Estado de excepción, y sin embargo tristemente nosotros lo hemos permitido. Es nuestra responsabilidad que una imagen tan grotesca y triste haya sido tomada en nuestro país, que no sólo estoy hablando de nosotros, sino en general el hecho de que exista una reproducción constante de éstas imágenes a lo largo y ancho del mundo. Su existencia, el hecho de que miles de seres humanos sean valorados como objetivos móviles de dichos disparos, definitivamente resuelve el hecho de que ninguno hemos sido capaces de superar la ruina de la historia. Ha sido nuestra decisión vivir entre sangre, corrupción, miedo y encierro.
Por la tarde leía el editorial de la Playboy de este mes. Fui gratamente sorprendida, no sólo por las bellas fotos de Vanessa Bauche, sino porque me pareció muy congruente lo escrito por Gabriel Bauducco. El editor lanza aseveraciones bastante apremiantes, admitiendo que lo que vivimos en México, luego de la escalofriante cifra de muertos en este sexenio que el propio Estado ha dado a conocer, en realidad sí es una guerra; lo interesante de su opinión, es que exclama que es una guerra que a todos nos afecta, independientemente de que vivamos en zonas que no son propiamente áreas denotadas como peligrosas, simplemente ésta guerra es responsabilidad de todos.
Lo anterior no sólo tiene que ver con que hayamos dejado a Calderón apoderarse de un Estado de forma ilegítima: en seis años no hemos exigido las formas políticas, legales y civiles para que el Estado se conduzca de forma ética y nos dote a todos y cada uno, sin importar ninguna condición social, racial, sexual, física o religiosa, lo que la Constitución marca como derechos; hemos dejado que se creen alteraciones a los derechos sin previo aviso. Recordemos que no sólo es Calderon, sino el poder de ambas Cámaras, pues ellas son las encargadas de gestionar dichas modificaciones. Esto también lo hemos propiciado, no hemos exigido a cada uno de los diputados y senadores, así como a la lastimosa minoría de mujeres que nos representan en el Congreso, a que ayuden a establecer el País que todos merecemos. Es nuestra obligación buscar las formas adecuadas para lograr la libertad que cada persona merece. Será entonces cuando encontraremos la libertad soberana.
"Yo soy, pero cambio; luego, no soy, y sin embargo soy... He de sacrificar el principio de contradicción en holocausto. Que los dioses honrados con mi acción me sean propicios y me concedan la gracia de legitimar mi existencia en otros medios." Este es uno de los desdoblamientos que se observan en el libro del colombiano Julian Serna Arango, Heterodoxias, editado por Ediciones sin nombre. Inicio con dicho fragmento, porque despliega una postura que se puso muy de moda a finales de la década de los ochenta, esto es estar seguros de quiénes somos y vivir con ello, incluso hacer que los demás lo acepten, principio de aceptación comunal, en donde todos, minorias de todo tipo, histéricas, anarcopunks, abuelas, todos vivamos como era el sueño de la globalización...
Me viene todo esto, en parte porque nos encontramos en tiempos límite en donde se han prefijado las condiciones para vivir, bajo mandatos poco éticos y sumamente deshumanizantes. Por otro lado, porque creo que las alternativas de vivir bajo la ruina del proyecto neoliberal, posmoderno, hegemónico, occidental recalcitrante, o como usted deseé llamarlo, evidentemente son formas agotadas. Normalmente la filosofía, ha intentado dar explicación, visibilidad y punto de quiebre a los problemas que aquejan al ser humano, incluido el poder vivir con uno mismo, sin embargo no sé cómo pueda resolverse la condición individual si existe la imagen de Pedro Pardo, la cual ha sido seleccionada por la World Press Photo.
Hasta dónde las acciones de los demás nos han encausado a vivir en Estado de excepción, y sin embargo tristemente nosotros lo hemos permitido. Es nuestra responsabilidad que una imagen tan grotesca y triste haya sido tomada en nuestro país, que no sólo estoy hablando de nosotros, sino en general el hecho de que exista una reproducción constante de éstas imágenes a lo largo y ancho del mundo. Su existencia, el hecho de que miles de seres humanos sean valorados como objetivos móviles de dichos disparos, definitivamente resuelve el hecho de que ninguno hemos sido capaces de superar la ruina de la historia. Ha sido nuestra decisión vivir entre sangre, corrupción, miedo y encierro.
Por la tarde leía el editorial de la Playboy de este mes. Fui gratamente sorprendida, no sólo por las bellas fotos de Vanessa Bauche, sino porque me pareció muy congruente lo escrito por Gabriel Bauducco. El editor lanza aseveraciones bastante apremiantes, admitiendo que lo que vivimos en México, luego de la escalofriante cifra de muertos en este sexenio que el propio Estado ha dado a conocer, en realidad sí es una guerra; lo interesante de su opinión, es que exclama que es una guerra que a todos nos afecta, independientemente de que vivamos en zonas que no son propiamente áreas denotadas como peligrosas, simplemente ésta guerra es responsabilidad de todos.
Lo anterior no sólo tiene que ver con que hayamos dejado a Calderón apoderarse de un Estado de forma ilegítima: en seis años no hemos exigido las formas políticas, legales y civiles para que el Estado se conduzca de forma ética y nos dote a todos y cada uno, sin importar ninguna condición social, racial, sexual, física o religiosa, lo que la Constitución marca como derechos; hemos dejado que se creen alteraciones a los derechos sin previo aviso. Recordemos que no sólo es Calderon, sino el poder de ambas Cámaras, pues ellas son las encargadas de gestionar dichas modificaciones. Esto también lo hemos propiciado, no hemos exigido a cada uno de los diputados y senadores, así como a la lastimosa minoría de mujeres que nos representan en el Congreso, a que ayuden a establecer el País que todos merecemos. Es nuestra obligación buscar las formas adecuadas para lograr la libertad que cada persona merece. Será entonces cuando encontraremos la libertad soberana.
lunes, 31 de octubre de 2011
La tierra que nos fue dada.
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Con la ola roja, esa que a todos nos salpica, se deslavan los recuerdos, se pierden los nombres, se escucha el ruido blanco del conjunto de sollozos. Ya no me acuerdo hace cuanto que no podemos hablar de otra cosa que no sea de la muerte. Si ya sé que lo llevamos en la sangre, en los huesos, en el corazón, para qué desmentir nuestros orígenes, por ambas partes, de esa cultura particularmente violenta y mortuoria.
Con qué motivo repensar en todos los muertos que fundaron nuestro país, todos los cuerpos desgajados y tirados a los fosos del olvido, a las fauces de los perros rabiosos. Para qué, si no hay día que la historia vuelva, que del río de la vida se expulsen cientos de seres de los que nadie sabe nada, si acaso, la tenebrosa leyenda del delito les pone una identificación que el machete y los tiros han borrado de los desechos corpóreos.
Para qué pensar sobre el campo santo en el que nos movemos, en el Páramo en que se ha convertido mi casa, mi tiempo. Sólo huesos, en el desierto; en los camiones, en los ríos, en las mansiones, en las fosas tan vacías de palabra, de aliento. Todo se convierte en barro reseco que cubre los restos, de los indígenas, las mujeres, de los chavos, de los viejos, de los niños, de los migrantes, de todos nosotros que hemos sido envueltos por el miasma del capitalismo salvaje.
Somos en el mejor de los casos, espectros. Justinos que se voltean al grito ya tantas veces citado en hoja viva, en carne muerta. Tierra de nadie, de todos; tripas desperdigadas por las banquetas, las avenidas, los casinos, los moteles, los tables.
Mujeres que buscan a sus esposos, vientres que darán a luz sin reconocer al padre. "Te miraran a la cara y creerán que no eres tú. Se les figurará que te ha comido el coyote, cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron." No hay suficientes altares, ni siquiera veladoras suficientes para encontrar la verdad. Hacen falta tantas palabras, océanos de lágrimas, campos enteros de flores, atmósferas de incienso para aliviar la multitudinaria pena...
De la tierra conocida, ya no queda nada. Las novelas baten sus negras alas en nuestra realidad. Los tiros, el polvo blanco, el ruido rojo, la linfa salitrosa, las quedas lágrimas, los pesados gritos, el conjunto nos lo devuelve la tierra, todo menos el recuerdo. Los nombres, las últimas palabras, los sueños perdidos, la patria, todo el dejo de esperanza se lo traga la justicia evanescente. Las partes del todo se transforman en la tierra recibida, en esa en donde ni las raíces de los huesos han quedado.
Con la ola roja, esa que a todos nos salpica, se deslavan los recuerdos, se pierden los nombres, se escucha el ruido blanco del conjunto de sollozos. Ya no me acuerdo hace cuanto que no podemos hablar de otra cosa que no sea de la muerte. Si ya sé que lo llevamos en la sangre, en los huesos, en el corazón, para qué desmentir nuestros orígenes, por ambas partes, de esa cultura particularmente violenta y mortuoria.
Con qué motivo repensar en todos los muertos que fundaron nuestro país, todos los cuerpos desgajados y tirados a los fosos del olvido, a las fauces de los perros rabiosos. Para qué, si no hay día que la historia vuelva, que del río de la vida se expulsen cientos de seres de los que nadie sabe nada, si acaso, la tenebrosa leyenda del delito les pone una identificación que el machete y los tiros han borrado de los desechos corpóreos.
Para qué pensar sobre el campo santo en el que nos movemos, en el Páramo en que se ha convertido mi casa, mi tiempo. Sólo huesos, en el desierto; en los camiones, en los ríos, en las mansiones, en las fosas tan vacías de palabra, de aliento. Todo se convierte en barro reseco que cubre los restos, de los indígenas, las mujeres, de los chavos, de los viejos, de los niños, de los migrantes, de todos nosotros que hemos sido envueltos por el miasma del capitalismo salvaje.
Somos en el mejor de los casos, espectros. Justinos que se voltean al grito ya tantas veces citado en hoja viva, en carne muerta. Tierra de nadie, de todos; tripas desperdigadas por las banquetas, las avenidas, los casinos, los moteles, los tables.
Mujeres que buscan a sus esposos, vientres que darán a luz sin reconocer al padre. "Te miraran a la cara y creerán que no eres tú. Se les figurará que te ha comido el coyote, cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron." No hay suficientes altares, ni siquiera veladoras suficientes para encontrar la verdad. Hacen falta tantas palabras, océanos de lágrimas, campos enteros de flores, atmósferas de incienso para aliviar la multitudinaria pena...
De la tierra conocida, ya no queda nada. Las novelas baten sus negras alas en nuestra realidad. Los tiros, el polvo blanco, el ruido rojo, la linfa salitrosa, las quedas lágrimas, los pesados gritos, el conjunto nos lo devuelve la tierra, todo menos el recuerdo. Los nombres, las últimas palabras, los sueños perdidos, la patria, todo el dejo de esperanza se lo traga la justicia evanescente. Las partes del todo se transforman en la tierra recibida, en esa en donde ni las raíces de los huesos han quedado.
viernes, 21 de octubre de 2011
La pérdida de la poética
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Existe un problema que desde hace algunos años particularmente, llama mi atención. Este es sobre la forma en que imaginamos. En realidad hablar sobre procesos cognitivos es una tarea bastante seria y que en realidad no estoy capacitada para desarrollar, pero si para reflexionar en torno a los elementos que se desprenden de dicha acción.
Me cuesta trabajo creer que el proceso creativo, por ejemplo, es una acción que sólo unas cuantas pueden experimentar. El genio, a mi parecer, no es sino un charlatán que, no sólo no desea expresar sus secretos, sino que le fascina engatusar a los demás, con el cuento de que su trabajo es muy importante porque nadie más puede hacerlo. Capote decía que se puede tener el talento, pero sin trabajo detrás, no hay nada que hacer. Recordemos los años que se llevó escribiendo su obra maestra A sangre fría.
Desde luego estoy consciente que el escribir, componer, ejecutar o pintar, son acciones que necesitan de un adecuado espacio y tiempo para ir perfeccionando lo iniciado. No hay obra sin disciplina.
Sin embargo, establece una triangulación entre sensibilidad, disciplina y condiciones adecuadas para llegar a buen puerto... pero y si la obra es perfecta, impecable, pero carece de imaginación, de ese elemento que hace que uno note una clase de verdad, de esa fuerza que nos ponga frente al mood de Ricoeur, a ese momento poderoso de la experiencia estética, lo lamentable es que esa obra no es sino una falsedad, un frío artilugio.
Estoy convencida de que los grandes maestros, han pasado horas viendo a sus hijos o a otras niñas, jugar en la calle; o quizá nunca crecieron y decidieron llevar hasta la práxis poética, su impulso libidinal. No lo sé, pero me queda claro que uno de los elementos que permiten conectar a la sensibilidad con la disciplina, es la imaginación.
Es la poética de los elementos, de los lugares, de las prácticas lo que permite ver en una simple gota, las lágrimas de Eros. Hay inscripciones que se encuentran en todos los objetos. Algunos las escuchamos, otros las vemos. A veces en el supuesto ocio, otras tantas en los momentos límite de desesperación; otros más en las pétits morts, e incluso en la regadera. La impronta de ese mundo fascinante, se esconde detrás de las alas de las mariposas de abril; de la taza de café semivacía, del grito ahogado de pasión que todas y todos hemos experimentado, de las despedidas, de las llegadas, de las risas, de las lágrimas, de los olores, de los recuerdos...
El filósofo francés Gastón Bachelard realizó una vasta e importante obra acerca de la filosofía de la ciencia. En algunos de sus libros analiza las formas en que conocemos y creamos correspondencia con el mundo que nos rodea, en una disociación de empirismo/racionalismo. No obstante decidió ensayar, tras observar que quizá la pieza faltante para identificar la fuerza que hace crear obras como las de Mallarmé, Byron, Goethe, Matisse, por mencionar a algunos de los que se encarga estudiar.
Ese elemento lo nombró poética, en conexión con la poiesis de los griegos. En cuatro libros, Bachelard desarrolló su idea de la poética en torno a los elementos naturales que nos rodean, agua, fuego, el aire, la tierra, el espacio y el campo en donde la poiesis florece lirios cada noche de día, los sueños. Enfatizó que toda obra es capaz de producirse, si se pone atención a lo que la imaginación dicta. Si somos capaces de detenernos a ver con todos los sentidos, es decir a establecer un tipo de experiencia más sensual, sin que dejará de ser racional, pues igual se establecerían conecciones intelectivas en el acto creativo.
Viendo como están de ensangrentadas las cosas, reflexiono cómo es que llegamos a este lugar tan oscuro y pienso que entre muchas cosas, permitimos que nos quitaran la capacidad de imaginar, de crear y de experimentar con nuestro destino. Hemos aceptado las imposiciones estéticas, políticas, éticas de quienes parece, nunca imaginaron que veían animales al ver las nubes sobre sus tiernas cabezas.
Existe un problema que desde hace algunos años particularmente, llama mi atención. Este es sobre la forma en que imaginamos. En realidad hablar sobre procesos cognitivos es una tarea bastante seria y que en realidad no estoy capacitada para desarrollar, pero si para reflexionar en torno a los elementos que se desprenden de dicha acción.
Me cuesta trabajo creer que el proceso creativo, por ejemplo, es una acción que sólo unas cuantas pueden experimentar. El genio, a mi parecer, no es sino un charlatán que, no sólo no desea expresar sus secretos, sino que le fascina engatusar a los demás, con el cuento de que su trabajo es muy importante porque nadie más puede hacerlo. Capote decía que se puede tener el talento, pero sin trabajo detrás, no hay nada que hacer. Recordemos los años que se llevó escribiendo su obra maestra A sangre fría.
Desde luego estoy consciente que el escribir, componer, ejecutar o pintar, son acciones que necesitan de un adecuado espacio y tiempo para ir perfeccionando lo iniciado. No hay obra sin disciplina.
Sin embargo, establece una triangulación entre sensibilidad, disciplina y condiciones adecuadas para llegar a buen puerto... pero y si la obra es perfecta, impecable, pero carece de imaginación, de ese elemento que hace que uno note una clase de verdad, de esa fuerza que nos ponga frente al mood de Ricoeur, a ese momento poderoso de la experiencia estética, lo lamentable es que esa obra no es sino una falsedad, un frío artilugio.
Estoy convencida de que los grandes maestros, han pasado horas viendo a sus hijos o a otras niñas, jugar en la calle; o quizá nunca crecieron y decidieron llevar hasta la práxis poética, su impulso libidinal. No lo sé, pero me queda claro que uno de los elementos que permiten conectar a la sensibilidad con la disciplina, es la imaginación.
Es la poética de los elementos, de los lugares, de las prácticas lo que permite ver en una simple gota, las lágrimas de Eros. Hay inscripciones que se encuentran en todos los objetos. Algunos las escuchamos, otros las vemos. A veces en el supuesto ocio, otras tantas en los momentos límite de desesperación; otros más en las pétits morts, e incluso en la regadera. La impronta de ese mundo fascinante, se esconde detrás de las alas de las mariposas de abril; de la taza de café semivacía, del grito ahogado de pasión que todas y todos hemos experimentado, de las despedidas, de las llegadas, de las risas, de las lágrimas, de los olores, de los recuerdos...
El filósofo francés Gastón Bachelard realizó una vasta e importante obra acerca de la filosofía de la ciencia. En algunos de sus libros analiza las formas en que conocemos y creamos correspondencia con el mundo que nos rodea, en una disociación de empirismo/racionalismo. No obstante decidió ensayar, tras observar que quizá la pieza faltante para identificar la fuerza que hace crear obras como las de Mallarmé, Byron, Goethe, Matisse, por mencionar a algunos de los que se encarga estudiar.
Ese elemento lo nombró poética, en conexión con la poiesis de los griegos. En cuatro libros, Bachelard desarrolló su idea de la poética en torno a los elementos naturales que nos rodean, agua, fuego, el aire, la tierra, el espacio y el campo en donde la poiesis florece lirios cada noche de día, los sueños. Enfatizó que toda obra es capaz de producirse, si se pone atención a lo que la imaginación dicta. Si somos capaces de detenernos a ver con todos los sentidos, es decir a establecer un tipo de experiencia más sensual, sin que dejará de ser racional, pues igual se establecerían conecciones intelectivas en el acto creativo.
Viendo como están de ensangrentadas las cosas, reflexiono cómo es que llegamos a este lugar tan oscuro y pienso que entre muchas cosas, permitimos que nos quitaran la capacidad de imaginar, de crear y de experimentar con nuestro destino. Hemos aceptado las imposiciones estéticas, políticas, éticas de quienes parece, nunca imaginaron que veían animales al ver las nubes sobre sus tiernas cabezas.
lunes, 10 de octubre de 2011
Por el puro placer de ensayar la vida.
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Luego de casi dos meses de ausencia, después de algunos gin tonic´s, libros, páginas sueltas, caminos sin rumbo, paseos sin destino y con la única instrucción de dejar atrás los atavismos, la chica gin gin se dio cuenta de que la única forma de salir de su caparazón, incluso de salir de la máscara cibernética era mostrándose tal cual era, más allá de sus marcos, de sus lineas, de sus transparencias. Fue así como se observó un buen día de agosto, ante la llamada que le cambiaría su vida...
Así la gin gin, comenzó a desnudarse frente al espejo. Miró la espalda, su cabello, sus ojos avellanados, ambos brazos, sus senos... y al mirarse los pezones y la voluptuosidad esculpida carne, entendió que ya tampoco importaba si debía contar historias sórdidas, o debía crear un estilo "literario" propio. Si debía escribir sobre teoría o sobre sus fantasías eróticas; no importó siquiera si debía replantearse quién era, lo único que le importaba en todo caso, era hablar desde sí misma, o mejor dicho, desde cada una de las partes, personas, imágenes, olores, colores, sabores y memorias que la conformaban. La representación y la búsqueda del lenguaje era ya lo único que le importaba.
También se dio cuenta de la imperante necesidad de encontrar ese espacio para el flirteo con la palabra, o en términos generales, para sorprenderse sensual para sí misma en la intimidad de la reflexión, para después, pintarse y mostrarse ante los demás, como diría Montaigne, tal cual es, sin mayores artilugios ni complicaciones, con la única necesidad de expresar lo vivido, lo ensayado.
Pensó en el hecho de que la experiencia, por lo menos en la cultura occidental, quedó relegada a las bonitas páginas de Proust; bueno eso parece, pero queda la duda si ante tantos cambios contemporáneos, si ante los reclamos y las respuestas de la gente común, no será que la experiencia siempre ha estado presente, por el puro placer de compartir a los demás lo que ha sido vivido.
Luego de pensar en ella, en su todo y en la articulación de sus partes, salió un momento del rizoma de su cabeza, respiró y sostuvo por eternos segundos, la imagen que Virginia Woolf deja entorno a la lectura en The common reader, en donde lo que realmente importa es el placer de la escritura y la lectura.
Luego de casi dos meses de ausencia, después de algunos gin tonic´s, libros, páginas sueltas, caminos sin rumbo, paseos sin destino y con la única instrucción de dejar atrás los atavismos, la chica gin gin se dio cuenta de que la única forma de salir de su caparazón, incluso de salir de la máscara cibernética era mostrándose tal cual era, más allá de sus marcos, de sus lineas, de sus transparencias. Fue así como se observó un buen día de agosto, ante la llamada que le cambiaría su vida...
Así la gin gin, comenzó a desnudarse frente al espejo. Miró la espalda, su cabello, sus ojos avellanados, ambos brazos, sus senos... y al mirarse los pezones y la voluptuosidad esculpida carne, entendió que ya tampoco importaba si debía contar historias sórdidas, o debía crear un estilo "literario" propio. Si debía escribir sobre teoría o sobre sus fantasías eróticas; no importó siquiera si debía replantearse quién era, lo único que le importaba en todo caso, era hablar desde sí misma, o mejor dicho, desde cada una de las partes, personas, imágenes, olores, colores, sabores y memorias que la conformaban. La representación y la búsqueda del lenguaje era ya lo único que le importaba.
También se dio cuenta de la imperante necesidad de encontrar ese espacio para el flirteo con la palabra, o en términos generales, para sorprenderse sensual para sí misma en la intimidad de la reflexión, para después, pintarse y mostrarse ante los demás, como diría Montaigne, tal cual es, sin mayores artilugios ni complicaciones, con la única necesidad de expresar lo vivido, lo ensayado.
Pensó en el hecho de que la experiencia, por lo menos en la cultura occidental, quedó relegada a las bonitas páginas de Proust; bueno eso parece, pero queda la duda si ante tantos cambios contemporáneos, si ante los reclamos y las respuestas de la gente común, no será que la experiencia siempre ha estado presente, por el puro placer de compartir a los demás lo que ha sido vivido.
Luego de pensar en ella, en su todo y en la articulación de sus partes, salió un momento del rizoma de su cabeza, respiró y sostuvo por eternos segundos, la imagen que Virginia Woolf deja entorno a la lectura en The common reader, en donde lo que realmente importa es el placer de la escritura y la lectura.
lunes, 15 de agosto de 2011
De cosechas, veranos perdidos y cuartos propios para la escritura femenina...
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Entonces también la desnudez: fue una espalda blanca,
un pecho casi plano,
nuestro andar airoso en el arenal; fingir que eran olas, olas picaban y se arremolinaban
en nuestro cabellos, sólo olas.
Cosecha de verano, Isaura Contreras.
El verano va cediendo, yo con un pie amoratado y pensando en lo que resta del tiempo de lluvias, con el enorme deseo de algo frío pero dulce, con el deseo de escribir y con la nostalgia de mi pasado, decidí tomar un libro que en el último año se convirtió en uno de mis imprescindibles. Hace menos de un año que tuve la grata sorpresa de toparme con Cosecha de verano, y quedar helada al leer entre sus páginas fragmentos de un pasado que no conocí y que no obstante sigue tan fresco como los primeros frutos de la cosecha. El pasado de mis abuelos maternos, gente de campo y de ferrocarril que trazó al labrar la tierra y conducir por el país una máquina con la historia revolucionaria aún impregnada, el devenir de las familias que sesenta años después echaran raíces en un lugar tan inhóspito como lo es lo es la capital...
Todo esto, las historias que me pertenecen y sin embargo de las cuales tengo tantos huecos, mis raíces del bajío, la abuela que no está desde hace tanto, el abuelo que perdió la memoria y muchas cosas más me dieron una sacudida cuando Isaura me presentó su premiada novela corta, Cosecha de verano. Leer y pensar la maravillosa historia que se condensa sobre un espacio perdido para quienes habitamos la ciudad, un espacio inmenso, lleno de matices, de olores, de memorias varias, no sólo refresca los recuerdos, sino desarrolla el deseo profundo de querer un pasado verdadero, mejor aún, un retorno a la infancia en un lugar fantástico.
Desde el principio, cavilando como sucede cuando una comienza el retorno al pasado, la protagonista enumera las cosas que le daban sentido al espacio de su infancia, esa que se iba desarticulando con el paso de la pubertad, pero también esa que latía esplendorosamente con cada signo de maravilla, incluso al sentir en el puente entre la coquetería y la inocencia, las caricias del profesor y ser parte del jugueteo de la atracción. Son tantos los elementos y tan exquisita la forma de presentarlos, que no sé cual me sugiere más morder una guanábana fría, quizá la tía Saura, quizá la pequeña gitana Persa, quizá la construcción de un fascinante universo femenino que se hila a través de cada personaje, no lo sé, quizá incluso me encantó que fuera escrita sobre un tiempo de cosecha, en un verano en donde siempre pasan cosas inolvidables, como cuando llegan gitanos y sabes que la vida y la muerte se te aparecen en conjunto. En fin, existen muchos elementos que empalman a Cosecha de verano con el pasado no sólo el que pertenece a algunos padres y abuelos, sino a nuestro rico pasado literario.
En el presente, en momentos en que si bien felizmente la literatura de mi generación empieza a llegar a buen puerto, pues me congratula ver su desarrollo por encima de los malos tiempos políticos y económicos, la mayoría de quienes comparten la escena joven defeña escriben cosas buenas, muy buenas incluso, sobre las experiencias que dibujamos en la burbuja que flota sobre la sangre de la provincia; no obstante de repente, es obvio, se han agotado algunos temas, por suerte emergen otros y este es el caso de Isaura quien ha abierto un camino para que las historias que nos pertenecen, tomando en cuenta que en su mayoría esta ciudad es de población migrante, se construyan a través de otras formas e imágenes que la autora presenta de manera fresca y sutil.
Quizá a quienes tienen mal gusto o no saben leer con la sensibilidad deseada, les parezca el lugar común que una mujer hable sobre estos temas. Por el contrario, la densidad de cada imagen poética que Contreras logra construir en cada línea, es de un poder que se despliega al final con mucha franqueza; ese poder se siente en el correlato de la experiencia amorosa, no sólo la erótica que muy lograda se encuentra, sino el sentir que existieron veranos en donde el amor se traducía a través de la cosecha, el cuerpo, el recuerdo y el mirar el tiempo.
Así Cosecha de verano escrita desde el cuarto propio de Isaura, ese que Virginia Woolf nos decía que por sobre todo era necesario para escribir bien y ser escuchadas, abre un camino para nuevas lecturas, otras voces.
Entonces también la desnudez: fue una espalda blanca,
un pecho casi plano,
nuestro andar airoso en el arenal; fingir que eran olas, olas picaban y se arremolinaban
en nuestro cabellos, sólo olas.
Cosecha de verano, Isaura Contreras.
El verano va cediendo, yo con un pie amoratado y pensando en lo que resta del tiempo de lluvias, con el enorme deseo de algo frío pero dulce, con el deseo de escribir y con la nostalgia de mi pasado, decidí tomar un libro que en el último año se convirtió en uno de mis imprescindibles. Hace menos de un año que tuve la grata sorpresa de toparme con Cosecha de verano, y quedar helada al leer entre sus páginas fragmentos de un pasado que no conocí y que no obstante sigue tan fresco como los primeros frutos de la cosecha. El pasado de mis abuelos maternos, gente de campo y de ferrocarril que trazó al labrar la tierra y conducir por el país una máquina con la historia revolucionaria aún impregnada, el devenir de las familias que sesenta años después echaran raíces en un lugar tan inhóspito como lo es lo es la capital...
Todo esto, las historias que me pertenecen y sin embargo de las cuales tengo tantos huecos, mis raíces del bajío, la abuela que no está desde hace tanto, el abuelo que perdió la memoria y muchas cosas más me dieron una sacudida cuando Isaura me presentó su premiada novela corta, Cosecha de verano. Leer y pensar la maravillosa historia que se condensa sobre un espacio perdido para quienes habitamos la ciudad, un espacio inmenso, lleno de matices, de olores, de memorias varias, no sólo refresca los recuerdos, sino desarrolla el deseo profundo de querer un pasado verdadero, mejor aún, un retorno a la infancia en un lugar fantástico.
Desde el principio, cavilando como sucede cuando una comienza el retorno al pasado, la protagonista enumera las cosas que le daban sentido al espacio de su infancia, esa que se iba desarticulando con el paso de la pubertad, pero también esa que latía esplendorosamente con cada signo de maravilla, incluso al sentir en el puente entre la coquetería y la inocencia, las caricias del profesor y ser parte del jugueteo de la atracción. Son tantos los elementos y tan exquisita la forma de presentarlos, que no sé cual me sugiere más morder una guanábana fría, quizá la tía Saura, quizá la pequeña gitana Persa, quizá la construcción de un fascinante universo femenino que se hila a través de cada personaje, no lo sé, quizá incluso me encantó que fuera escrita sobre un tiempo de cosecha, en un verano en donde siempre pasan cosas inolvidables, como cuando llegan gitanos y sabes que la vida y la muerte se te aparecen en conjunto. En fin, existen muchos elementos que empalman a Cosecha de verano con el pasado no sólo el que pertenece a algunos padres y abuelos, sino a nuestro rico pasado literario.
En el presente, en momentos en que si bien felizmente la literatura de mi generación empieza a llegar a buen puerto, pues me congratula ver su desarrollo por encima de los malos tiempos políticos y económicos, la mayoría de quienes comparten la escena joven defeña escriben cosas buenas, muy buenas incluso, sobre las experiencias que dibujamos en la burbuja que flota sobre la sangre de la provincia; no obstante de repente, es obvio, se han agotado algunos temas, por suerte emergen otros y este es el caso de Isaura quien ha abierto un camino para que las historias que nos pertenecen, tomando en cuenta que en su mayoría esta ciudad es de población migrante, se construyan a través de otras formas e imágenes que la autora presenta de manera fresca y sutil.
Quizá a quienes tienen mal gusto o no saben leer con la sensibilidad deseada, les parezca el lugar común que una mujer hable sobre estos temas. Por el contrario, la densidad de cada imagen poética que Contreras logra construir en cada línea, es de un poder que se despliega al final con mucha franqueza; ese poder se siente en el correlato de la experiencia amorosa, no sólo la erótica que muy lograda se encuentra, sino el sentir que existieron veranos en donde el amor se traducía a través de la cosecha, el cuerpo, el recuerdo y el mirar el tiempo.
Así Cosecha de verano escrita desde el cuarto propio de Isaura, ese que Virginia Woolf nos decía que por sobre todo era necesario para escribir bien y ser escuchadas, abre un camino para nuevas lecturas, otras voces.
martes, 12 de julio de 2011
De inundaciones y otras despedidas...
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Ya van más de quince días y las escenas de Macondo figuran con más proximidad en el d.f.ectuoso. Llueve y como se sabe, la fuerza del agua diluye todo lo que encuentra. Resulta curioso ver como todo lo que tiene que ver con agua encuentra una polaridad extrema; el agua por un lado, en todas sus presentaciones, incluso en esos pequeños hilos que se dibujan por la meseta blanca, parda o chocolatosa de tu rostro, presenta propiedades benéficas, hace que se limpien las cosas, que reverdezcan los campos, que los pozos se llenen, que vuelvan a fluir los ríos perdidos... Pero a medida que el tiempo se alarga y la fuerza del líquido se va acumulando, se desatan una serie de problemas que pintan tragedias dolorosas. El agua todo se lleva, dejando sólo recuerdos imprecisos de cómo era todo antes de su aparición...
Resulta todavía más curioso analizar como es que en el último año, grandes seres han decidido partir en esta ciudad y en esta época, para nunca más escucharlos, para nunca más verlos acariciar gatos, hacer trazos multicolor o dar lucidez al pensamiento de izquierda. A lo mejor, querían tanto a la ciudad, a su vida en esta urbe, que decidieron marcharse con la esperanza de que la fuerza del agua borre el rastro de su partida y tan sólo queden en nuestros recuerdos sus ideas, sus risas, sus imágenes y todo lo que nos dieron.
Quizá sea coincidencia, pero Monsiváis, Bolívar Echeverría, Phill Kelly y ahora el maestro Sánchez Vázquez, dejan en su partida la impronta de una lucidez que nos falta y a ellos les sobra. Sí, les sobra porque siguen vivos al leerlos, al ver sus trazos y al pensar en la imagen de una sociedad que nosotros aún no encontramos, vemos o imaginamos, pero que existe, porque otros la han creado con un amor y esperanza que han dejado lista para que la estiremos, la intervengamos, la queramos, la destruyamos y volvamos a crearla, justo como junto con el agua hemos hecho de esta ciudad tan de ellos, tan mía, tan tuya, de esta que el agua borra y que se dice, quedará sepultada entre los desechos de quienes han pasado por ella.
Ya van más de quince días y las escenas de Macondo figuran con más proximidad en el d.f.ectuoso. Llueve y como se sabe, la fuerza del agua diluye todo lo que encuentra. Resulta curioso ver como todo lo que tiene que ver con agua encuentra una polaridad extrema; el agua por un lado, en todas sus presentaciones, incluso en esos pequeños hilos que se dibujan por la meseta blanca, parda o chocolatosa de tu rostro, presenta propiedades benéficas, hace que se limpien las cosas, que reverdezcan los campos, que los pozos se llenen, que vuelvan a fluir los ríos perdidos... Pero a medida que el tiempo se alarga y la fuerza del líquido se va acumulando, se desatan una serie de problemas que pintan tragedias dolorosas. El agua todo se lleva, dejando sólo recuerdos imprecisos de cómo era todo antes de su aparición...
Resulta todavía más curioso analizar como es que en el último año, grandes seres han decidido partir en esta ciudad y en esta época, para nunca más escucharlos, para nunca más verlos acariciar gatos, hacer trazos multicolor o dar lucidez al pensamiento de izquierda. A lo mejor, querían tanto a la ciudad, a su vida en esta urbe, que decidieron marcharse con la esperanza de que la fuerza del agua borre el rastro de su partida y tan sólo queden en nuestros recuerdos sus ideas, sus risas, sus imágenes y todo lo que nos dieron.
Quizá sea coincidencia, pero Monsiváis, Bolívar Echeverría, Phill Kelly y ahora el maestro Sánchez Vázquez, dejan en su partida la impronta de una lucidez que nos falta y a ellos les sobra. Sí, les sobra porque siguen vivos al leerlos, al ver sus trazos y al pensar en la imagen de una sociedad que nosotros aún no encontramos, vemos o imaginamos, pero que existe, porque otros la han creado con un amor y esperanza que han dejado lista para que la estiremos, la intervengamos, la queramos, la destruyamos y volvamos a crearla, justo como junto con el agua hemos hecho de esta ciudad tan de ellos, tan mía, tan tuya, de esta que el agua borra y que se dice, quedará sepultada entre los desechos de quienes han pasado por ella.
miércoles, 22 de junio de 2011
¡Mágazo!
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Como a las 17:00 hrs en el espacio que hay entre la peatonal Francisco y Madero y la calle de Mata, se dan lugar las risas perdidas, las ilusiones ahogadas con el paso de los años y en fin, esas ganas de sentir que de nuevo el arribo de la felicidad pueril toca puerto, todo se hace posible en el instante en que nuestro personaje, imaginemos que se llama Jonás, un hombre como de cuarenta y pico de años, alto, de manos grandes, vestido con un traje negro y camisa blanca, rápidamente pone un soporte en el que coloca una maleta negra... -Mamá, ese señor, qué trae en su maleta-, -¡órales, a lo mejor se me aparece un billetito de a mil pesotes!- ¡ya va-a-sacar-sus cartas!- y así, las exclamaciones se revuelven con los colores que salen y salen en forma de pañuelos transparentosos que no cesan con el constante tirar de uno de sus extremos.
Luego las cartas, ¿quién se iba a imaginar que había naipes flotando en la calle y nadie se había atrevido a agarrarlos? Jonás termina con el truco de la cuerda y sus nudos mágicos, con el cordel que corta y luego vuelve a pegar; con un movimiento imperceptible, el trozo de piola queda intacto, sin una sola fibra fuera de su lugar, luego bueno, el truco de aparecer las monedas en el sombrero, esas que por la mañana nuestro mago sintió que le faltaban.
En los tiempos en que usaba vestidos ampones de florecitas, en esas mañanas en que mi hermana me peinaba de coletas o trenzas, en esos tiempos en que todo sabía mejor, en que la felicidad se traducía en ver dientes de león esparcirse con el correr del viento y en que los ratones eran seres adorados, la fantasía recurrente era saber los secretos de los magos, suponiendo que sus secretos pudieran ser transmitidos y suponiendo, claro, que una vez descubiertos, yo podría practicarlos y entonces con dicha experiencia ser tocada con la gracia de la magia...
Ahora en estos tiempos, para que decir lo que todos sabemos que ocurre con la edad; en fin en estos días en los que me conformo con recolectar los colores del cielo, los filamentos que queden de los desflorados dientes de león, la verdad es que deseo que nunca me sean develados los secretos de los trucos mágicos de Jonás, de Houdini o de la Maga, y entonces cada vez que escucho en la calle de Madero o de Gante o de Mata, MAGAZO! corro con la ilusión de encontrar el as que me falta.
Como a las 17:00 hrs en el espacio que hay entre la peatonal Francisco y Madero y la calle de Mata, se dan lugar las risas perdidas, las ilusiones ahogadas con el paso de los años y en fin, esas ganas de sentir que de nuevo el arribo de la felicidad pueril toca puerto, todo se hace posible en el instante en que nuestro personaje, imaginemos que se llama Jonás, un hombre como de cuarenta y pico de años, alto, de manos grandes, vestido con un traje negro y camisa blanca, rápidamente pone un soporte en el que coloca una maleta negra... -Mamá, ese señor, qué trae en su maleta-, -¡órales, a lo mejor se me aparece un billetito de a mil pesotes!- ¡ya va-a-sacar-sus cartas!- y así, las exclamaciones se revuelven con los colores que salen y salen en forma de pañuelos transparentosos que no cesan con el constante tirar de uno de sus extremos.
Luego las cartas, ¿quién se iba a imaginar que había naipes flotando en la calle y nadie se había atrevido a agarrarlos? Jonás termina con el truco de la cuerda y sus nudos mágicos, con el cordel que corta y luego vuelve a pegar; con un movimiento imperceptible, el trozo de piola queda intacto, sin una sola fibra fuera de su lugar, luego bueno, el truco de aparecer las monedas en el sombrero, esas que por la mañana nuestro mago sintió que le faltaban.
En los tiempos en que usaba vestidos ampones de florecitas, en esas mañanas en que mi hermana me peinaba de coletas o trenzas, en esos tiempos en que todo sabía mejor, en que la felicidad se traducía en ver dientes de león esparcirse con el correr del viento y en que los ratones eran seres adorados, la fantasía recurrente era saber los secretos de los magos, suponiendo que sus secretos pudieran ser transmitidos y suponiendo, claro, que una vez descubiertos, yo podría practicarlos y entonces con dicha experiencia ser tocada con la gracia de la magia...
Ahora en estos tiempos, para que decir lo que todos sabemos que ocurre con la edad; en fin en estos días en los que me conformo con recolectar los colores del cielo, los filamentos que queden de los desflorados dientes de león, la verdad es que deseo que nunca me sean develados los secretos de los trucos mágicos de Jonás, de Houdini o de la Maga, y entonces cada vez que escucho en la calle de Madero o de Gante o de Mata, MAGAZO! corro con la ilusión de encontrar el as que me falta.
miércoles, 8 de junio de 2011
La rueca...
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Han pasado meses desde la última vez que escribí, la verdad no encontraba una sola línea que pudiera parecerle significativa al lector, ni siquiera a mi ego, ni siquiera a Eunice, a los espejos, a los perros, a las plantas a mi ello...
De tres que éramos cuando empecé a escribir el presente, sólo dos hemos quedado, estrellados contra las piedras, por las fuerzas etílicas y la violencia que el inconsciente ejerce, sólo dos sobrevivimos el colapso. Ahora no hay gato que acariciar, y lo único que me queda es el resto de días de incertidumbre. En los meses pasados las noticias, los libros, las imágenes e incluso algunos deseos cumplidos se dejaron sentir por las inmediaciones de este departamento que ha quedado tan liviano que he dejado de preocuparme, por fin se ha ido el espejo que diariamente me hacia extrañas preguntas. Igualmente nos abandonó el escritorio, ese pedazo de madera autoritaria que no me dejaba salir de mi yo.
Ahora no me queda sino seguir escribiendo, ahora sólo mis plantas, mis letras y mi voz me ocupan. En algún momento de estos sueños alguna hechicera me dijo mirando al viento que mis dotes eran las de una tejedora que hila pedazos que a simple vista no tienen sentido, ni siquiera un patrón de proximidad, nada, pero por alguna razón al unirlos podía hacer que emergiera esa historia...
Han pasado meses desde la última vez que escribí, la verdad no encontraba una sola línea que pudiera parecerle significativa al lector, ni siquiera a mi ego, ni siquiera a Eunice, a los espejos, a los perros, a las plantas a mi ello...
De tres que éramos cuando empecé a escribir el presente, sólo dos hemos quedado, estrellados contra las piedras, por las fuerzas etílicas y la violencia que el inconsciente ejerce, sólo dos sobrevivimos el colapso. Ahora no hay gato que acariciar, y lo único que me queda es el resto de días de incertidumbre. En los meses pasados las noticias, los libros, las imágenes e incluso algunos deseos cumplidos se dejaron sentir por las inmediaciones de este departamento que ha quedado tan liviano que he dejado de preocuparme, por fin se ha ido el espejo que diariamente me hacia extrañas preguntas. Igualmente nos abandonó el escritorio, ese pedazo de madera autoritaria que no me dejaba salir de mi yo.
Ahora no me queda sino seguir escribiendo, ahora sólo mis plantas, mis letras y mi voz me ocupan. En algún momento de estos sueños alguna hechicera me dijo mirando al viento que mis dotes eran las de una tejedora que hila pedazos que a simple vista no tienen sentido, ni siquiera un patrón de proximidad, nada, pero por alguna razón al unirlos podía hacer que emergiera esa historia...
domingo, 20 de febrero de 2011
La puesta en escena del erotismo de Gurrola: Banquete Gurrola.
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Hace poco más de 5 años, cuando aún Caguamita y Cubaraimo no figuraban en mi sistema de representación, cuando aún mi adolesecencia se encontraba suspendida en el paso a la vida adulta, pude conocer a Gurrola. No sólo porque no fué hace tanto tiempo, sino que cada detalle lo recuerdo a la perfeción, pues se convertiría en una de esas experiencias que sabes que su impronta te seguirá por el resto de tus días. Recuerdo con exactitud mi reacción al entrar al maravilloso escenario, la cava del Covadonga, aquella mítica cantina de la colonia Roma, evidentemente no pudo existir mejor escenografía para ver en acción a Juan José; en aquella ocasión fui invitada con el fin de conocer a Carlos Martínez Rentería, nada sabía de que la reunión giraría en torno al niño terrible de teatro, pero al verlo, sentí como su imagen se incrustaba con gran fuerza en mi cabeza. Supe entonces que ese instante ya no era posible olvidarlo.
La última vez que lo ví fue en octubre del 2006. Lo recuerdo con igual perfección porque sería el día que conocí al gran maestro Héctor García para quien posee ese mañana. Esa tarde en el mismo Covadonga en compañía con Carlos y Fadanelli no pensé que sería la última vez que vería en acción a Gurrola. Cuando falleció, curiosamente la relación que tenía en aquel momento estaba falleciendo, esa que inició cuando vi por primera vez al maestro; recuerdo que no quise ir al homenaje porque yo misma estaba viviendo ya un duelo.
En fin, cada uno de estos recuerdos fueron proyectados desde el pasado mítico de mi memoria de ninfeta al ver Banquete Gurrola, presentada en el MACG desde principios de este mes. El trabajo curatorial, la museografía y el espacio, aunque pequeño, ahondan en la búsqueda del cuerpo, del ser y la pulsión. Salvo en la galería de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, recinto en donde el maestro daba clases, en ningún otro espacio imagino el montaje de este fragmento de su arduo trabajo experimental consciente e inconsciente. La idea del gabinete, como también la del paraíso, todo blanco y con celestiales cuerpos cayendo del techo, quedando suspendidos fue el escenario ideal para la observación de la intimidad de Gurrola y las féminas expuestas en posición de cópula; con trajes de Lolita, con ligueros, encarnando mesas, animales, en fin todas concebidas a través de los fascinantes trazos consumados sobre simples servilletas de papel provenientes de diversas cantinas; imagino que la gran mayoría fueron creados en el Covadonga.
El espacio entonces juega como escenario para poner en acción a Gurrola post mortem, para verlo fluir, eycular, exaltar, seducir y asombrar a través de cada uno de los ejercicios gráficos. El gabinete como el de cualquier psicoanalista, da testimonio de sus pulsiones, de sus fantasías y delirios, pero también se transforma en la gran cantina en la que podías encontrarlo invitándote también a que te desnudes, a que le dijeras tus verdades más profundas, esos paraísos negros que dejas detras del biombo de la presentación cara a cara, esos que sólo el onanismo salvan. En cada servilleta se filtra la absoluta fascinación por el arte, la pornografía y la mujer; esos tres elementos me parecen que eran parte de sus motores para el momento de la creación, conjunto a las pulsiones y deseos que felizmente logró encarnar en cada una de las obras que nos regaló durante su paso por esta gran cantina.
La fuerza que emana del lugar deja en suspensión la forma para centrarse en el contenido, en sí la búsqueda del ser ante la terrible (en el sentido de miedo-fascinación) imagen del cuerpo femenino, en su mejor instante de extásis. Esa búsqueda del ser, propia de su generación, se concreta en una retórica maravillosa de que lo más bello, desquisiante y fugaz puede quedar registrado en un simple pedazo de papel, en una servilleta, residuo de esos palacios de disfrute popular que son las cantinas. Desde luego que se exalta la gran capacidad técnica que Gurrola tenía, sobre todo porque es fácil imaginar que mientras estaba en alguna charla-bacanal, él simplemente realizaba éstos trazos, de forma consciente pues los firmaba roturando así la acción, y saldaba esa pulsión para satisfacer otras. El cuerpo entonces es elevado de la grotesca presentación de algunas imágenes como pueden ser las mujeres animal y mesa, hasta esa imagen tan hermosa de una bella mujer de escultural cuerpo que muestra orgullosa sus piernas con liguero.
Así, ahora que han pasado los años, que yo voy dejando mis imágenes por las cantinas de esta ciudad, que mis pasiones y pulsiones van transformándose, a la salud de Gurrolla, del cuerpo, de la búsqueda del ser, del erotismo, la belleza y lo grotesco, bebo con lujuría mi bohemia como aquella tarde de mediados de octubre de 2005 en que me preguntó " y tú, cuéntame ¿cúal ha sido la imagen más angustiante que has vivido en tu corta edad?".
"El ser humano constantemente se da miedo a sí mismo.
Sus movimientos eróticos le aterrorizan[...]
No creo que el hombre tenga la más mínima posibilidad de arrojar un poco de luz sobre todo eso antes de dominarlo."
George Bataille, El erotismo, Tusquets, Madrid, 2007.
La última vez que lo ví fue en octubre del 2006. Lo recuerdo con igual perfección porque sería el día que conocí al gran maestro Héctor García para quien posee ese mañana. Esa tarde en el mismo Covadonga en compañía con Carlos y Fadanelli no pensé que sería la última vez que vería en acción a Gurrola. Cuando falleció, curiosamente la relación que tenía en aquel momento estaba falleciendo, esa que inició cuando vi por primera vez al maestro; recuerdo que no quise ir al homenaje porque yo misma estaba viviendo ya un duelo.
En fin, cada uno de estos recuerdos fueron proyectados desde el pasado mítico de mi memoria de ninfeta al ver Banquete Gurrola, presentada en el MACG desde principios de este mes. El trabajo curatorial, la museografía y el espacio, aunque pequeño, ahondan en la búsqueda del cuerpo, del ser y la pulsión. Salvo en la galería de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, recinto en donde el maestro daba clases, en ningún otro espacio imagino el montaje de este fragmento de su arduo trabajo experimental consciente e inconsciente. La idea del gabinete, como también la del paraíso, todo blanco y con celestiales cuerpos cayendo del techo, quedando suspendidos fue el escenario ideal para la observación de la intimidad de Gurrola y las féminas expuestas en posición de cópula; con trajes de Lolita, con ligueros, encarnando mesas, animales, en fin todas concebidas a través de los fascinantes trazos consumados sobre simples servilletas de papel provenientes de diversas cantinas; imagino que la gran mayoría fueron creados en el Covadonga.
El espacio entonces juega como escenario para poner en acción a Gurrola post mortem, para verlo fluir, eycular, exaltar, seducir y asombrar a través de cada uno de los ejercicios gráficos. El gabinete como el de cualquier psicoanalista, da testimonio de sus pulsiones, de sus fantasías y delirios, pero también se transforma en la gran cantina en la que podías encontrarlo invitándote también a que te desnudes, a que le dijeras tus verdades más profundas, esos paraísos negros que dejas detras del biombo de la presentación cara a cara, esos que sólo el onanismo salvan. En cada servilleta se filtra la absoluta fascinación por el arte, la pornografía y la mujer; esos tres elementos me parecen que eran parte de sus motores para el momento de la creación, conjunto a las pulsiones y deseos que felizmente logró encarnar en cada una de las obras que nos regaló durante su paso por esta gran cantina.
La fuerza que emana del lugar deja en suspensión la forma para centrarse en el contenido, en sí la búsqueda del ser ante la terrible (en el sentido de miedo-fascinación) imagen del cuerpo femenino, en su mejor instante de extásis. Esa búsqueda del ser, propia de su generación, se concreta en una retórica maravillosa de que lo más bello, desquisiante y fugaz puede quedar registrado en un simple pedazo de papel, en una servilleta, residuo de esos palacios de disfrute popular que son las cantinas. Desde luego que se exalta la gran capacidad técnica que Gurrola tenía, sobre todo porque es fácil imaginar que mientras estaba en alguna charla-bacanal, él simplemente realizaba éstos trazos, de forma consciente pues los firmaba roturando así la acción, y saldaba esa pulsión para satisfacer otras. El cuerpo entonces es elevado de la grotesca presentación de algunas imágenes como pueden ser las mujeres animal y mesa, hasta esa imagen tan hermosa de una bella mujer de escultural cuerpo que muestra orgullosa sus piernas con liguero.
Así, ahora que han pasado los años, que yo voy dejando mis imágenes por las cantinas de esta ciudad, que mis pasiones y pulsiones van transformándose, a la salud de Gurrolla, del cuerpo, de la búsqueda del ser, del erotismo, la belleza y lo grotesco, bebo con lujuría mi bohemia como aquella tarde de mediados de octubre de 2005 en que me preguntó " y tú, cuéntame ¿cúal ha sido la imagen más angustiante que has vivido en tu corta edad?".
domingo, 13 de febrero de 2011
La observación participante montada en el barco del deseo.
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
A una cuadra del departamentito de la calle de López en el que cohabito con Caguamita y Cubaraimo se desatan diversas pasiones que se mantienen a flote en el barco del deseo, en donde el brillo y los cuerpos que se deslizan con cadencia por los filamentos del averno llevan con gran ritmo con dirección al paraíso en llamas. Ya sea para bailar las pegaditas (o las guapachosas) y sacar de su mesa de la esquina a una hermosa ninfa de piernas bien torneadas que al igual que las otras que comparten su isla, toma despacito, a traguitos el elixir que les hace soportar el transcurrir de las horas montadas en tacones de aguja, si el cuerpo sólo desea el acercarse un poco más de lo normal, casi como las coreografías que se deben de montar en el metro a hora pico pero con permiso de la bella dama; sentir el sudor correr al final de una vuelta y estrechar las caderas y conjunto a detener con el pecho el bamboleo de los senos, o incluso si sólo el bolsillo alcanza para calentar el alma sin llegar a las llamas, la cuadra de Independencia esquina con López es el escenario en donde se desplazan las mejores coreografías con sabor oriental.
Pero si el cuerpo no aguanta, si el deseo de la mirada sucumbe a la fantasía y una necesidad inminente de ver y gritar aunque sea para uno mismo "pelos, pelos" y claro si se cuenta con más de $500, entonces el deber es ir al Kefrén, al Life o a cualquiera de los templos carnales que nos circundan. Como todos los lugares, cada uno de éstos tienen sus reglas, sus tipos sociales, tipologías del comportamiento, pero sin lugar a dudas el esquema de estimulo-respuesta queda suspendido en la presentación de la persona ante un escenario de total excitación y la respuesta de su propio cuerpo que puede que quiera ir más allá de ver a las ménades en pleno alkelarre, pero si él o ella no cuentan con más de 1000 pesitos el punto es que lejos estarán del paraíso privado.
Cómo todo templo en donde se adora al cuerpo, los lugares del deseo tienen miles de aspectos que ofrecer a la observación participante; es claro que la objetividad se diluye en los alcoholitos que se sudan al ver esas enormes caderas moverse al ritmo de los Fabulosos Cadillacs, como también es claro que la impresión que Mallinowski sufrió de sentirse estudiado también se experiementará en estos lugares, pues uno termina siendo objeto de estudio de las ardientes ninfas en sus ratos de aburrimiento. Lo que es cierto, sea por gusto personal, por necesidad corpórea, por tentación, por soledad, por deseos de hacer una investigación, la experiencia del voyeaurista es algo que no puede suprimirse del deseo de la vida.
A una cuadra del departamentito de la calle de López en el que cohabito con Caguamita y Cubaraimo se desatan diversas pasiones que se mantienen a flote en el barco del deseo, en donde el brillo y los cuerpos que se deslizan con cadencia por los filamentos del averno llevan con gran ritmo con dirección al paraíso en llamas. Ya sea para bailar las pegaditas (o las guapachosas) y sacar de su mesa de la esquina a una hermosa ninfa de piernas bien torneadas que al igual que las otras que comparten su isla, toma despacito, a traguitos el elixir que les hace soportar el transcurrir de las horas montadas en tacones de aguja, si el cuerpo sólo desea el acercarse un poco más de lo normal, casi como las coreografías que se deben de montar en el metro a hora pico pero con permiso de la bella dama; sentir el sudor correr al final de una vuelta y estrechar las caderas y conjunto a detener con el pecho el bamboleo de los senos, o incluso si sólo el bolsillo alcanza para calentar el alma sin llegar a las llamas, la cuadra de Independencia esquina con López es el escenario en donde se desplazan las mejores coreografías con sabor oriental.
Pero si el cuerpo no aguanta, si el deseo de la mirada sucumbe a la fantasía y una necesidad inminente de ver y gritar aunque sea para uno mismo "pelos, pelos" y claro si se cuenta con más de $500, entonces el deber es ir al Kefrén, al Life o a cualquiera de los templos carnales que nos circundan. Como todos los lugares, cada uno de éstos tienen sus reglas, sus tipos sociales, tipologías del comportamiento, pero sin lugar a dudas el esquema de estimulo-respuesta queda suspendido en la presentación de la persona ante un escenario de total excitación y la respuesta de su propio cuerpo que puede que quiera ir más allá de ver a las ménades en pleno alkelarre, pero si él o ella no cuentan con más de 1000 pesitos el punto es que lejos estarán del paraíso privado.
Cómo todo templo en donde se adora al cuerpo, los lugares del deseo tienen miles de aspectos que ofrecer a la observación participante; es claro que la objetividad se diluye en los alcoholitos que se sudan al ver esas enormes caderas moverse al ritmo de los Fabulosos Cadillacs, como también es claro que la impresión que Mallinowski sufrió de sentirse estudiado también se experiementará en estos lugares, pues uno termina siendo objeto de estudio de las ardientes ninfas en sus ratos de aburrimiento. Lo que es cierto, sea por gusto personal, por necesidad corpórea, por tentación, por soledad, por deseos de hacer una investigación, la experiencia del voyeaurista es algo que no puede suprimirse del deseo de la vida.
jueves, 10 de febrero de 2011
Desdoblamientos...
Noticias desde la zona centro de la ciudad... Entérese!!
Sucedió hace poco más de quince años la primera vez que la vi. Era linda, superficialmente linda, con una frescura tan impetuosa como la primera lluvia de mayo y tan febril como la primera mordida a una fruta nunca antes vista. Era la página nunca escrita pero siempre deseada desde antes de su concepción; el beso siempre soñado y nunca recibido. El sabor no inventado, el aroma de la noche de primavera. Ella era todo eso que una siempre anhela ser, encontrar, besar, amar y... odiar.
Así fue desde siempre, desde el primer sueño amoroso en que me decía tiernamente despierta y pasionalmente despierta le susurraba al oído duerme. Eramos dos al anochecer, tres al amanecer, una en el cenit. Siempre juntas, en tremenda contienda una contra la otra, una sobre la otra, revueltas sin necesidad de saber en donde terminaba mi cabello y en donde comenzaba su ser. Ahí me veo tumbada boca bajo con la duda naciente entre mis muslos, con la intranquilidad del ave de llegar al nido y sentir el inminente rapto de su cría.
Siempre ella, siempre yo, siempre ambas escribiéndonos, glosándonos, devorándonos,deglutiendo cada palabra no dicha a ningún otro. Día tras día, sucumbo entonces a la necesidad de suspender por un tiempo indefinido la búsqueda de la nada, la partida fortuita o el intercambio por alguna otra que desee estar a tiempo conmigo. Sin embargo me he enterado en cartas, que ella ha escapado, viaja por lugares que no conozco, a los que nunca hemos soñado viajar. Dá vertigo, pero también una enorme felicidad, saber que la han visto, colgada de otra chica, paseando felizmente por las calles de Santiago, compartiendo su sonrisa, nuestra sonrisa con los labios de Tania o puede que Estefania, no sé.
Ahora sólo me queda esperarle, ser paciente y seguir deseando que un día ella me encuentre de nuevo caminando por las calles del barrio, comiendo un raspado de grosella o cualquier cosa fría pero dulce y mirándome como lo hace cuando me nombra para existir.
Sucedió hace poco más de quince años la primera vez que la vi. Era linda, superficialmente linda, con una frescura tan impetuosa como la primera lluvia de mayo y tan febril como la primera mordida a una fruta nunca antes vista. Era la página nunca escrita pero siempre deseada desde antes de su concepción; el beso siempre soñado y nunca recibido. El sabor no inventado, el aroma de la noche de primavera. Ella era todo eso que una siempre anhela ser, encontrar, besar, amar y... odiar.
Así fue desde siempre, desde el primer sueño amoroso en que me decía tiernamente despierta y pasionalmente despierta le susurraba al oído duerme. Eramos dos al anochecer, tres al amanecer, una en el cenit. Siempre juntas, en tremenda contienda una contra la otra, una sobre la otra, revueltas sin necesidad de saber en donde terminaba mi cabello y en donde comenzaba su ser. Ahí me veo tumbada boca bajo con la duda naciente entre mis muslos, con la intranquilidad del ave de llegar al nido y sentir el inminente rapto de su cría.
Siempre ella, siempre yo, siempre ambas escribiéndonos, glosándonos, devorándonos,deglutiendo cada palabra no dicha a ningún otro. Día tras día, sucumbo entonces a la necesidad de suspender por un tiempo indefinido la búsqueda de la nada, la partida fortuita o el intercambio por alguna otra que desee estar a tiempo conmigo. Sin embargo me he enterado en cartas, que ella ha escapado, viaja por lugares que no conozco, a los que nunca hemos soñado viajar. Dá vertigo, pero también una enorme felicidad, saber que la han visto, colgada de otra chica, paseando felizmente por las calles de Santiago, compartiendo su sonrisa, nuestra sonrisa con los labios de Tania o puede que Estefania, no sé.
Ahora sólo me queda esperarle, ser paciente y seguir deseando que un día ella me encuentre de nuevo caminando por las calles del barrio, comiendo un raspado de grosella o cualquier cosa fría pero dulce y mirándome como lo hace cuando me nombra para existir.
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